miércoles, 1 de marzo de 2017

Neoliberalismo, restauración del poder de clase y dictadura de clase

   La Tecl@Eñe  

  Editor/Director:    Conrado Yasenza  

Berisso,  22 de febrero de 2017



Neoliberalismo, restauración del poder de clase y dictadura de clase


Foto: Pablo Vignali




En los años noventa el neoliberalismo se manifestó como un proceso de carácter eminentemente económico conocido como "globalización". David Harvey evidenció el carácter político del proceso al caracterizarlo como una "restauración del poder de clase" del capital iniciado a mediados de los setentas como una salida a la crisis del keynesianismo. Para distinguir los efectos que la neoliberalización produce y para reformular la pregunta sobre los errores estratégicos de la izquierda, Pedro Karczmarczyk revisita el concepto de dictadura del proletariado de la mano de un libro inédito de Althusser escrito en 1976 y publicado el año pasado.



Por    Pedro Karczmarczyk   *

(para La Tecl@ Eñe)






En 2005 David Harvey escribió un libro fundamental para la comprensión de nuestro tiempo, que pronto fue traducido al castellano (Akal, 2007): Breve historia del neoliberalismo. El libro plantea, de diferente manera, al menos dos cuestiones fundamentales que no siempre son tenidas en cuenta. Una primera cuestión es que, contra la concepción economicista hegemónica, Harvey enfatiza el predominio de las cuestiones políticas en el proceso de neoliberalización que se inició a mediados de los 1970s, caracterizándolo, con una expresión de Dumenil y Lévy, como un proceso de "restauración del poder de clase" de la burguesía. De esta manera contrasta con las visiones economicistas que describieron el proceso con el rótulo de "globalización", considerándolo como un proceso de carácter eminentemente económico, donde el desarrollo de las fuerzas productivas (revolución científico técnica, -cibernética, automatización, quimización- y sus consecuencias en la gestión y la organización del trabajo) y la plena vigencia del mercado mundial a partir de la caída de las barreras políticas que las sofrenaban hasta ese momento (léase: caída del muro de Berlín y del bloque soviético; ver por ejemplo Ernesto López Globalización y democracia, Bs. As., Papeles de investigación 2, Página 12 / REUN, 1998?). De acuerdo a esta concepción, liberado de las barreras políticas que lo retardaban, el mercado mundial y la movilidad en el flujo de los capitales llevarían, por pura lógica económica, a establecerse allí donde se ofrecieran las mejores condiciones para la ganancia de las inversiones, entre las cuales la flexibilización de la fuerza de trabajo (es decir, la pérdida de conquistas históricas de la clase trabajadora) resultaría un aspecto clave. La globalización desataría así una competencia perversa entre los sectores populares que estarían forzados a rebajar sus aspiraciones. No es extraño encontrar pensadores marxistas que suscriben a esta concepción. Más adelante retomaremos algunos aspectos de la lectura de Harvey que ponen de manifiesto el carácter político del proceso de neoliberalización.



Hay una segunda cuestión que el texto de Harvey plantea en sordina, o tal vez sería más correcto decir, que nos plantea a nosotros puesto que la misma tiene mucho que ver con la manera en la que comprendemos el momento presente, vinculada con las causas de este proceso. Detengámonos en este punto. Luego de la segunda guerra mundial, el mundo asistió a una reorganización de las relaciones internacionales y de las formas estatales concebida como una manera de eludir el regreso a las condiciones catastróficas que habían puesto en riesgo el orden capitalista en la gran depresión de 1929. Esta reorganización supuso un compromiso entre la clase trabajadora y el capital. Fundamentalmente en el "mundo desarrollado" o en el "capitalismo avanzado" (Estados Unidos, Europa y Japón) florecieron estados de bienestar, es decir, formas estatales de las que se descontaba que debían promover el pleno empleo, el crecimiento económico y el bienestar de los ciudadanos, donde las intervenciones estatales podían desplegarse paralelamente a los procesos de mercado, influyendo sobre los mismos para orientarlos a estos objetivos o bien directamente reemplazarlos. Esta estrategia logró amortiguar los ciclos económicos, asegurar el pleno empleo y garantizar altas tasas de crecimiento en una parte del mundo (el capitalismo avanzado, con secuelas en algunas regiones de América Latina y el sudeste de Asia) durante más o menos 30 años, que llegaron a conocerse como los 30 "años dorados" del capitalismo (Hobsbawm). Ello dependió, en buena medida, de la decisión de Estados Unidos de absorber el déficit con el resto del mundo acogiendo el excedente de la producción mundial dentro de sus fronteras.



Hacia los 1970s este esquema comenzó a mostrar fisuras, el crecimiento del desempleo y la inflación en distintas regiones y una persistente estanflación global ponían de manifiesto que este modelo se encontraba en crisis como modelo de acumulación del capital. La consecuente caída de los ingresos fiscales y el aumento de los gastos sociales en distintos estados de bienestar daban cuenta de que las políticas keynesianas estaban dejando de funcionar como antaño.



Entendemos que éste es un momento crucial de la historia, al menos por dos motivos. En primer lugar, porque es importante volver al momento de la emergencia o surgimiento, para distinguir causas y efectos, para distinguir la génesis de un proceso y su lógica sistémica. El proceso de neoliberalización produjo y produce, sin lugar a dudas, efectos de globalización en el sentido que ya referimos (movilidad de los capitales, degradación de las condiciones de la fuerza de trabajo, etc.) pero estos no fueron la fuerza motora del proceso, que finalmente se manifestaría a plena luz, como los cotiledones que hacen explotar la semilla cuando se dan las condiciones adecuadas, sino una consecuencia, un resultado del proceso histórico concreto que tuvo características específicas, cuyo resultado no estaba prejuzgado de antemano. En particular, las características de la crisis de la acumulación del capital que a comienzos de 1970 se manifestó por medio de un desempleo e inflación crecientes generó en su momento un descontento tal que, dada la conformación política de los sectores populares en ese momento, pareció apuntar a una salida socialista al compromiso entre capital y fuerza de trabajo sobre el que se había apoyado la acumulación capitalista luego de la segunda guerra.



Las clases altas no dejaron de tomar nota de la situación: "Esto planteaba por doquier una clara amenaza política a las elites económicas y a las clases dominantes, tanto en los países del capitalismo avanzado (Italia, Francia, España y Portugal) como en muchos países en vías de desarrollo (Chile, México y Argentina)." (Harvey, op. cit., p. 20). La amenaza política, junto con el estancamiento económico, pusieron en crisis la premisa sobre la que se había asentado el keynesianismo: la aceptación de la restricción de cierta cuota de poder económico por parte de las clases altas (conservando su hegemonía política) y el hecho de que la clase trabajadora obtuviera una porción mayor en la distribución del ingreso (aceptando la hegemonía política capitalista). La solución funcionó mientras hubo tasas de crecimiento altas, pero cuando el crecimiento económico se esfumó, los dividendos y beneficios obtenidos comenzaron a parecerles miserables a las clases burguesas, reforzando la percepción del riesgo, o despertando el pánico, según el caso, de las clases altas en todo el mundo.



Estas circunstancias determinaron que la neoliberalización fuera "un proyecto de restauración del poder de clase" de la burguesía. No podemos entrar ahora en las características específicas de este proceso, que ocurrió de modo disperso y con características regionales diferenciadas, pero podemos dar algunas pinceladas de los procesos que nos tocan más de cerca, como la demostración de Alejandro Horowicz (Las dictaduras argentinas, Edhasa, 2012, pp. 251 y ss.), acorde con la hipótesis de Harvey, acerca de que el cambio abrupto del programa de las clases dominantes argentinas (desde un programa keynesiano tendiente a un desarrollo capitalista autónomo encarnado en el programa de Gelbard en favor de un rumbo neoliberal iniciado con Celestino Rodrigo en 1975), obedeció a que la hegemonía de un sindicalismo concesivo, la burocracia sindical peronista, se estaba viendo desbordada por izquierda (peronista y no peronista), lo que ponía en cuestión una de las condiciones del compromiso de clase sobre el que se asienta este tipo de programa. O bien podemos mencionar la denegación de un Pinochet triunfante con la que Armand Mattelart y Chris Marker cierran su formidable película "La espiral" sobre el golpe chileno de 1973: "La lucha de clases no existe".



Ahora bien, si la neoliberalización no ha sido muy efectiva para resolver el problema del crecimiento de la economía en función del cual se la invocó, y sin embargo la misma se ha extendido por toda la superficie terrestre como un reguero de pólvora (hacia fines de los noventas cualquier mandatario del capitalismo avanzado podría haber declarado "ahora somos todos neoliberales"), cabe entonces preguntarse, ¿en qué sentido ha sido exitosa? Lo que venimos afirmando no nos deja lugar para un verdadero suspense: ha sido exitosa para restaurar el poder de clase de la elite económica, o para generarlo donde no lo había (Rusia, China). Esto que nos permite observar que la lógica de la acumulación del capital obedece a leyes férreas: o bien obtiene una porción proporcionalmente estable de una torta que crece constantemente, o bien obtiene una porción mayor de una torta que se mantiene relativamente estable, naturalmente, también acepta con gusto obtener una porción creciente de una torta que se agranda, pero cualquier otra posibilidad está fuera de su menú.



En este escrito queremos volver al momento de la crisis del keynesianismo, fundamentalmente porque dicha crisis planteó, en aquel entonces, el problema de las salidas a la crisis, precisamente cuando la correlación de fuerzas que se registraba era, probablemente, la más favorable a las masas populares que se haya registrado a los largo de la historia. En el marco europeo, la izquierda se hizo con el poder en Portugal, Francia, España y Gran Bretaña, reteniendo sus posiciones en la península escandinava, habiendo estado cerca de lograrlo en Italia, e incluso en Estados Unidos el presidente republicano Nixon, condicionado por un congreso con mayoría demócrata, se vio llevado a declarar: "ahora somos todos keynesianos". Por no hablar del resto del mundo, donde asolaban los movimientos de liberación nacional, Estados Unidos conocía la derrota a expensas de la guerra de liberación del pueblo vietnamita, fuertes posiciones de la izquierda se afirmaban en América Latina, y se podía observar por todas partes una conformación cultural e ideológica que, vista desde la actualidad, resulta extraordinaria. Sin embargo, en ese momento, como lo observa Harvey, "la izquierda no fue mucho más allá de las tradicionales soluciones socialdemócratas y corporativistas, si bien a mediados de la década de 1970 éstas habían revelado ser incompatibles con las exigencias de acumulación del capital." (Harvey, op. cit., p. 19). Pongámoslo en nuestros propios términos: la izquierda propuso una salida de compromiso allí donde una salida de compromiso era, precisamente, el problema: chocaba, nada menos, que con las férreas leyes de la acumulación del capital a las que que acabamos  de aludir. Creemos que se trata de un punto de suma importancia, al que Harvey le presta poca atención, entre otras cosas porque el mismo nos pone más allá de la alternativa abstracta "reforma o revolución", para colocar a esta alternativa en los rigores del análisis político, o si se quiere, del análisis concreto de la situación concreta.







Intentaremos, entonces, en lo que sigue, comprender dónde se encontraron los puntos flacos de esta situación extraordinaria de las masas populares en todo el mundo. No podemos, naturalmente, agotar la cuestión, la misma requeriría todo un conjunto de estudios, pero estamos seguros de no equivocarnos si afirmamos que la ideología es uno de tales puntos. Para convencerse alcanza, creemos, con volver a la declaración de Margaret Thatcher: "La economía es el método, pero el objetivo es cambiar el alma."



Ahora bien, una de las batallas ideológicas que tuvieron lugar a mediados de los setentas, en el seno de los partidos comunistas de diversos países, fue el abandono del concepto de "dictadura del proletariado", en algunos casos por razones tácticas, como en el caso del partido comunista portugués, conducido por A. Cunhal, que abandonó la expresión pero no el concepto, mientras que otros partidos comunistas, los de España, Francia, Italia o Japón, directamente intentaron suprimir este concepto de su horizonte estratégico, bien que inducidos por razones tácticas, fundamentalmente electorales. La posibilidad de un camino parlamentario al socialismo parecía exigir esta modificación doctrinaria.



Elegimos este problema porque el mismo nos parece sintomático de la situación a la que ya aludimos, la de la izquierda que opta por una solución de compromiso en una situación donde tal compromiso era, a todas luces, parte del problema, ¿qué pudo, entonces, llevar a tenerlo por la solución?



En un trabajo hasta ahora inédito de Louis Althusser publicado recientemente (Les vaches noires. Interview imaginaire, Paris, PUF, 2016) pero escrito cuarenta años antes, en 1976,[1] es decir, al calor de las discusiones que generó el XXII Congreso del Partido comunista francés, conducido entonces por Georges Marchais,  en el que se decidió el abandono del concepto de la dictadura del proletariado, el filósofo francés realiza algunas reflexiones que creemos importante recuperar a la luz del problema que destacamos a partir del planteo de David Harvey.



Les vaches noires (Las vacas negras) es un texto peculiarísimo. Está escrito como una autoentrevista, es decir, Althusser se formula una variedad preguntas que le permiten explicarse sobre una serie de problemas y temas (su condición de militante comunista y su relación con la prensa del partido, la controversia que despertaron sus trabajos extramuros y el silencio del partido que fue la norma, el proceso al que se lo sometió por sus presuntas desviaciones teóricas, el centralismo democrático, la diferencia entre tendencias y fracciones en la política interna del partido, la política de alianzas, la coyuntura internacional, la lucha de clases en la URSS, etc.) pero el problema crucial, tanto política como teóricamente, es el de la dictadura del proletariado.



Althusser realiza algunas demarcaciones fuertes, indicando que el concepto de la dictadura del proletariado es el concepto clave del materialismo histórico y que dicho concepto es un concepto científico, por lo cual está fuera de cuestión discutir en un congreso del partido si se lo abandona o se lo conserva, lo mismo que podría tomarse una resolución sobre la ley de la gravedad.



Intentaremos presentar a apretadamente algunas de las tesis de Althusser, confrontándolas con algunos planteos de El capital, para realizar luego un balance como cierre de nuestro trabajo.


Al señalar que el concepto de la dictadura del proletariado es un concepto científico, lo que se indica es que el mismo pertenece a una ciencia, la ciencia fundada por Marx, el materialismo histórico, cuyo objeto son las leyes de la lucha de clases en las distintas formaciones sociales dependientes de los diferentes modos de producción.



Nótese, puesto que es el punto crucial, que el objeto del materialismo histórico no es definido como la economía, o la economía política, sino como la ciencia de las leyes de la lucha de clases. No está de más, en consecuencia, realizar una breve aclaración de este punto remitiéndonos a los planteos de El capital. El tomo I de esta obra es una enorme elaboración de los interrogantes. Así, luego de una laboriosa exploración por los conceptos clave de la economía política burguesa, Marx llega a la conclusión de que, tanto por la vía de la acumulación simple (el caso hipotético en el que un capitalista consume toda la ganancia, volviendo a poner en marcha el proceso productivo con un capital idéntico al inicial) como por la vía de la acumulación ampliada (donde el capitalista reinvierte al menos parte de la ganancia en nuevos medios de producción) el capital se compone, a fin de cuentas de pluscapital, es decir, de ganancia del capital, es decir, de trabajo ajeno no retribuido. En la acumulación simple, el capitalista, al cabo de varios procesos productivos, acaba por consumir completamente el monto adelantado inicialmente como capital; en el caso de la reproducción ampliada, el monto inicial adelantado acaba por ser una porción tendencialmente más y más pequeña, hasta volverse insignificante, de un capital constantemente ampliado compuesto de pluscapital. Sin embargo, lo que no logra explicar la lógica del valor trabajo, sobre la que gira la economía política clásica, incluso si la subvertimos mediante la introducción explícita del concepto reprimido por sus planteos (el de fuerza de trabajo), son las diferentes posiciones iniciales que hicieron que el proceso de trabajo reuniera a unos, poseedores de los medios de producción, con otros, que no poseen sino su fuerza de trabajo y se ven obligados a venderla como mercancía. Para poder dar cuenta de ello es necesario mirar más allá del intercambio mercantil de equivalentes, para reparar en un proceso que, aunque esté siempre presupuesto por el intercambio mercantil, se rige por una lógica distinta, la de la violencia. Repárese en que la impresionante estructura conceptual del tomo I de El capital conduce a "la llamada acumulación originaria" como a su conclusión. Sin embargo esto no debe llevarnos a engaño, no se trata sólo de la disyunción entre la génesis histórica (violenta) y la lógica sistémica que cuajó como resultado de dicha génesis (intercambio de equivalentes, no violento). Si bien es cierto que Marx pone un cuidado especial en descartar que la ganancia del capital provenga de la rapiña o la estafa, comprando barato y vendiendo caro, etc, y está empecinado en despejar la incógnita de la ganancia del capital bajo el supuesto de que las mercancías se intercambian a su valor, la relación entre intercambio no violento y relaciones sociales violentas, de lucha, no es la de una pura exterioridad que podría sugerir una distinción tajante entre génesis y sistema.



Si consideramos la manera en la que Marx ha desentrañado el enigma de la ganancia del capital al forjar el concepto de fuerza de trabajo este punto quedará más claro. La fuerza de trabajo es, en un sentido, una mercancía como otras, dotada de dos aspectos, uno cuantitativo (posee un valor, que se expresa en el mercado como valor de cambio -salario- cuya medida es el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción-reproducción) y un aspecto cualitativo, su valor de uso, que en este caso es el gasto de capacidad de trabajo humana. Es el valor de uso de la fuerza de trabajo el que hace de la misma una mercancía excepcional, una mercancía cuyo consumo produce valor, incluso por encima del tiempo requerido para su producción, es decir, del valor de la fuerza de trabajo. Como se sabe, este aspecto es el que resuelve el enigma de la ganancia de el capital o plusvalía. Por ejemplo, si se pagó 4 hs. de tiempo de trabajo socialmente necesario en concepto de salario, el uso de la fuerza de trabajo en una jornada laboral de 8 hs. repondrá lo abonado como salario y producirá un excedente de 4 hs. que explica la ganancia del capital. Sin embargo, quien dice posibilidad no necesariamente dice efectividad, es decir, que esto sea posible no explica que ocurra efectivamente, o en otros términos todavía, la duración de la jornada de trabajo no está determinada por la adquisición de la fuerza de trabajo a su valor. La duración de la jornada laboral es, entonces, la cuestión clave: "… de la naturaleza del intercambio mercantil no se desprende límite alguno de la jornada laboral, y por tanto, límite alguno del plustrabajo" (Marx, El capital, tomo I, vol. 1, Siglo XXI, p. 281) El capitalista apelará a su derecho a utilizar a su antojo el bien adquirido, mientras que los trabajadores apelarán a su derecho a que se haga un uso razonable de la misma, de modo que jornadas laborales extenuares no produzcan un desgaste prematuro de la misma, cosa que a capitalista lo tiene sin cuidado siempre que pueda reemplazar sus trabajadores por otros. Conflicto de derechos, en consecuencia, que está más allá de la ley del valor trabajo. ¿Cómo se resuelve este conflicto de derechos? Vale la pena citar aquí a Marx: "Tiene lugar aquí una antinomia: derecho contra derecho, signados ambos de manera uniforme por la ley del intercambio mercantil. Entre derechos iguales decide la fuerza." (Marx, op. cit, p. 282), es decir, los límites de la jornada laboral son el resultado de una lucha entre la clase de los capitalistas y la clase obrera. Otro tanto cabría señalar respecto de la intensidad del proceso de trabajo, donde el capitalista despliega una serie de medidas coercitivas extra-jurídicas, llegando a constituir cada capitalista su propio código penal laboral (ver Marx, op. cit., pp. 237-38).



Este rodeo por algunos pasos cruciales de El capital nos permite despejar el equívoco sobre el objeto del materialismo histórico y nos allana el camino para ubicar en el mismo el concepto de dictadura del proletariado. En efecto, cuando Marx plantea que entre derechos contrapuestos decide la fuerza, está haciendo referencia a una realidad que hasta entonces nadie había concebido: la dominación de una clase por otra, que se ejerce por una especie de poder absoluto, más allá de las leyes y que excede la mera política, que toda clase dominante (ya sea feudal, burguesa o proletaria) ejerce "en la lucha de clases que abarca al conjunto de la vida social, de la base a la superestructura, de la explotación a la ideología, pasando, pero sólo pasando, por la política." (Althusser, Les vaches noires, p. 206).



Así las cosas, lo que tal vez sirva para entendernos, cuando Michel Foucault aludía, en textos como Vigilar y castigar, o La verdad y las formas jurídicas a las formas de subpoder que construyen a la fuerza de trabajo como útil y políticamente dócil, estaba, creyendo contradecir al marxismo, en verdad redescubriendo el hallazgo marxista. Al respecto véase el trabajo de Juan Carlos Marín, La silla en la cabeza. Michel Foucault en una polémica acerca del poder y saber. Buenos Aires, Nueva América, 1987. En un terreno semejante se ubican, a nuestro entender, los desarrollos de Derrida en un trabajo como "Fuerza de ley".



Gráfica: Mariano Mancuso 




El concepto de dictadura del proletariado, entonces, integra una posición en el interior de la serie que se conforma bajo el concepto de dictadura de clase y remite, naturalmente, al concepto de "dictadura de la burguesía". Ahora bien, respecto del concepto de dictadura de clase, lo crucial es  despejar el equívoco que sugiere el término dictadura, donde la misma no hace referencia a una manera de ejercer el poder de gobierno, en el marco de instituciones políticas dadas o generadas ad hoc por una revolución, el poder absoluto asignado por una forma legal. Al hablar de la dictadura de una clase social, y en particular de dictadura del proletariado, Marx no estaba pensando en que los representantes de la clase ejercieran el poder político como un poder absoluto, sino en una realidad que excede, con mucho, el orden jurídico y las instituciones políticas. Esto es, hay que comprender que las formas políticas en las que se ejerce la dictadura de una clase son una cosa, y que la dictadura de clase en cuanto tal, que excede con mucho a las formas políticas, es una cosa diferente. A menos que se tenga en cuenta esta distinción resulta imposible comprender porqué para Marx la dictadura del proletariado configuraba una necesidad y el hecho de que Lenin afirmara que la forma política por excelencia de la dictadura del proletariado es "La democracia para las más amplias masas".



La dictadura de clase es, entonces, la dominación de una clase por otra ejercida por medios extra-jurídicos, que poseen una fuerza distinta que la del derecho y las leyes (sin que esto implique reconocer que el derecho y las leyes establecidos a favor de la clase dominante son un aspecto importante de esta dominación). En otros términos, si bien en apariencia las relaciones de producción capitalistas son relaciones jurídicas, de compra y venta de la fuerza de trabajo (contratos laborales) y de propiedad de los medios de producción, estas dos relaciones (contrato y propiedad) que en el dominio del derecho está sometidas al libre arbitrio de los sujetos jurídicos, están, en su existencia social en el capitalismo, sometidas a una necesidad extra-jurídica: para el trabajador es forzoso suscribir a un contrato laboral, so pena de perecer; para el capitalista en cuanto tal es forzoso reiniciar una y otra vez el proceso de producción orientado a la extracción de plusvalía. Esta necesidad extra-jurídica, y sub-política podríamos decir, es la determinación en última instancia, la lucha de clases que divide y reproduce a las clases en la relación de producción capitalista.



En este punto, insiste Althusser, es crucial reparar en la diferencia entre la teoría marxista y las teorías burguesas de la lucha de clases. La concepción burguesa, no queriendo saber nada de la existencia de una fuerza extrajurídica y subpolítica propia de la dominación de clase, piensa a las clases como independientes de la lucha de clases, que sería un efecto derivado contundentemente de la existencia de las clases. En cambio, la concepción marxista postula la identidad de las clases y la lucha de clases, como dos caras de un mismo proceso, el fotograma y la película, en el que la lucha es determinante, la realidad misma de las clases. La lucha de clases resulta ser, así, el proceso mismo que divide a las clases y reproduce su división.

En el marco de esta discusión, Althusser realiza una inversión de la fórmula de Clausewitz que sorprendería a León Rozitchner. En efecto, si la guerra (interestatal) es, según Clausewitz "la continuación de la política por otros medios", entonces corresponde señalar que "la política es la guerra (de clase) continuada por otros medios: el derecho, las leyes políticas y las normas ideológicas." (Althusser, op. cit., p. 214).



Una discusión más completa del problema de la dictadura de clase requeriría que nos refiramos al Estado, en particular para poder aludir al tipo de forma de dominación que implica la dictadura del proletariado, lo que nos llevaría bastante más allá del alcance de este trabajo. Sin embargo, con el reconocimiento de una necesidad sui generis en una formación social (determinación en última instancia o dictadura de clase) tenemos elementos suficientes para elaborar una conclusión. Nuestra pregunta inicial fue, ¿por qué, cuando tenía  la mejor correlación de fuerzas jamás vista, la izquierda optó por una solución de compromiso a un problema generado, precisamente, por una solución de compromiso? El abandono del concepto de dictadura del proletariado nos pareció sintomático y, con ayuda de Marx y Althusser hemos intentado dilucidar el concepto de dictadura de clase. A la luz de la concepción marxista de la lucha de clases "la colaboración de clase y el reformismo se muestran como lo que son: armas de la burguesía en su lucha de clases" (Althusser, op. cit., p. 215). En consecuencia, una perspectiva de izquierda que busque que la clase trabajadora junto con sus aliados, los sectores populares, se constituya en clase dominante, como querían Marx y Engels en el Manifiesto comunista, y que luego Gramsci teorizara, acaso debido las constricciones de la cárcel, bajo el rótulo de hegemonía, no puede olvidar esta herencia teórica. En otros términos, a nivel táctico está justificado negociar, acordar, etc., siempre que se lo haga en función de objetivos estratégicos. Pero negociar a nivel estratégico, es decir, de los principios teóricos que definen los objetivos estratégicos, puesto que difumina la propia posición, equivale a escamotear la posibilidad misma de la negociación. La reconversión de la izquierda bajo una ideología democrática de corte juridicista a la que nos referimos es, sin dudas, un fenómeno de esta clase.



Una vez que aclaramos que el concepto de dictadura no remite a allí a la forma de gobierno, la cuestión de las formas despóticas ejercida por los "representantes" de la clase trabajadora, asociada al concepto en función de la terrible experiencia del estalinismo en la URSS, debe ceder lugar a consideraciones acerca de que una mayor democracia para las grandes masas populares va junto con su capacidad de imponer ciertas condiciones en la sociedad en su conjunto, es decir, a las clases dominantes, no sólo en términos económicos, sino en todos los frentes.



Estas formas de imposición remiten, por ejemplo, a las nacionalizaciones con las que se dieron a conocer las formas de socialismo que existieron realmente. Las nacionalizaciones, sin embargo, no son una meta final, algo así como un modo de producción socialista relativamente estable, sino un estadio de transición en la cual se destruyen algunos de los presupuestos de la dictadura de la clase burguesa, suprimiendo formalmente la separación de los productores y los medios de producción.  Pero esta supresión formal da por resultado una contradicción semejante a la que Marx registraba para las primeras formas de existencia histórica del modo de producción capitalista, donde encontraba que se daba una subordinación sólo formal de la fuerza de trabajo al capital (porque subsisten las viejas formas artesanales de organizar el trabajo, la centralidad del oficio del que depende el ritmo de trabajo y de producción). Marx muestra que hubo que esperar a la aparición de nuevas formas de división y organización del trabajo, que supusieron el ocaso del oficio artesanal, a través del parcelamiento del trabajo y la importancia creciente del "obrero colectivo" para lograr el la sumisión "real", y ya no sólo formal, de la fuerza de trabajo al capital. Althusser señala al respecto: "Es una contradicción de este género la que está en juego en la apropiación colectiva de los medios de producción: con la diferencia de que es la vieja relación (capitalista) la que debe ser "sometida" a la nueva forma (comunista)" (op. cit. p. 240).



Las nacionalizaciones masivas de los medios de producción pueden implicar, a lo sumo, puesto que no transforman la relación de producción (el salario) ni la división y la organización del trabajo previas, una forma comunista que se expresa en la transformación de las condiciones de producción, en la propiedad colectiva, en la planificación de la economía.



La diferencia entre la subsunción formal capitalista y la subsunción formal comunista a la que alude Althusser consiste en que en el socialismo el punto crucial, determinante, no está aquí en el desarrollo de las fuerzas productivas (medios de producción y fuerza de trabajo), sino en la transformación de las relaciones de producción. En consecuencia, para que la apropiación colectiva formal de los medios de producción devenga apropiación colectiva real, lo que se requiere es movilizar, con la mayor lucidez posible, a las masas populares en la lucha de clases y ello es imposible sin la participación creciente de las mismas, por lo cual la dictadura del proletariado es impensable sin "la más amplia democracia de masas" según la fórmula de Lenin a la que ya aludíamos. Dicha "democracia de masas" según Lenin, "son las masas interviniendo no sólo en la política en el sentido burgués, por el sistema parlamentario, sino también en el aparato de estado, pero también en la producción, y también en la ideología" (op. cit., p. 243).[2]



El socialismo entonces no puede pensarse como una sociedad estable, dotada de un poderoso estado monopolista que asegura el empleo y distribuye los servicios sociales, como un modo de producción socialista, sino como "un "período de transición" contradictorio, donde, si todo va bien, los elementos comunistas prevalecen cada día un poco más sobre los elementos capitalistas, en el cual la lucha de clases y las clases continúan en formas novedosas, en el cual la iniciativa de las masas se apodera más y más de las funciones del Estado, en la perspectiva no ya de un "socialismo desarrollado", sino pura y simplemente del comunismo." (Althusser, op. cit. p 247).



El comunismo constituye así una estrategia, la única estrategia posible para los sectores populares. Marx sostenía que el comunismo no es un ideal, sino el movimiento real que se produce ante nuestros ojos, impresionado como estaban, él y Engels, por lo que veían y experimentaban en las organizaciones comunistas de lucha de clases, a lo que se podrían sumar iniciativas populares diversas, en las fábricas, en los barrios, entre las minorías sexuales y raciales, en los movimientos de mujeres, etc., en los cuales las relaciones mercantiles son suprimidas o dominadas. El comunismo es, entonces, "una tendencia objetiva ya inscripta en nuestra sociedad. La colectivización creciente de la producción capitalista, las formas de organización y lucha del movimiento obrero, las iniciativas de las masas populares, y, porqué no, ciertas audacias de los artistas, de los escritores, estos son, hoy día, los ensayos y las promesas del comunismo." (Althusser, op. cit., p. 248).



El movimiento contra-utópico de colocar al comunismo como algo ya existente, como elementos, como nichos en lo real, se ve resentido hoy por el hecho de que luego de muchos años de hegemonía neoliberal éste ha podido conformar una realidad a su medida, cambiar las almas, como quería Thatcher. Pero si el neoliberalismo ha sabido ejercer su dictadura de clase tan eficazmente, tal vez sea porque ha comprendido, mejor que la izquierda, que el comunismo forma parte del movimiento real de la sociedad, y se ha apurado a contrarrestarlo…






*   Doctor en filosofía, investigador en CONICET y docente en la UNLP. Agradezco los comentarios de Osvaldo Drozd a una versión previa de este trabajo.





Referencias:



[1]   Un adelanto de este trabajo apareció en español, pero no en francés, como "Algunas cuestiones de la crisis de la teoría marxista" en Nuevos escritos, Barcelona, Laia, 1978, trad. de Albert Roies, correspondiendo al texto de una conferencia que Althusser pronunció en la Universidad de Barcelona en 1976.



[2]   Pêcheux y Gadet hacen un comentario interesante a este respecto, que deja en claro la aguda percepción del problema de parte de Lenin. Sostienen los autores: "Lenin (...) abordó políticamente la cuestión del taylorismo y volvió a ella varias veces, con la convicción de que se trataba de un punto crucial (de un nudo complejo vital) desde el que se decidía también el destino de la revolución soviética. "Progreso de la técnica y de las torturas" escribía Lenin a propósito de Taylor ¿y cómo ofrecer a las masas los medios de apropiarse del saber tayloriano para mantener la productividad y proporcionarles a la vez el tiempo libre suficiente para que los obreros y campesinos pueden efectivamente dirigir el estado?

Tocamos así los límites históricos del pensamiento de Lenin, atrapado entre la necesidad de una participación crítica de la política, por parte de los ciudadanos, y a la exigencia de su subordinación técnica en el proceso de trabajo organizado por los "especialistas"..." (Pecheux, M.  y Gadet, F. La lengua de nunca acabar, México, FCE, 1984, trad. de Beatriz Job, p. 82)









Revelan cable secreto de Cancillería sobre militarización de Malvinas


miércoles 1º de marzo de 2017


Revelan cable secreto de Cancillería sobre militarización de Malvinas





El diputado Guillermo Carmona (FpV) difundió un documento que prueba que el gobierno conoce el incremento en la actividad militar en las islas. Hubo al menos 4 vuelos desde noviembre con escalas en el Brasil de Temer. El embajador inglés contestó por twitter.



Por        Gimena Fuertes 
@gimenafuertes




Un cable que salió de manera anónima de Cancillería acredita que han aumentado los vuelos militares a Malvinas y desde Malvinas con escalas en Brasil desde que asumió Michel Temer en noviembre pasado.


Según se desprende de ese documento, hubo al menos 4 vuelos entre noviembre y diciembre del año pasado. Se trata de aviones Airbus 330 y Hércules C-130 y todos hicieron base en el país vecino, en los aeropuertos de San Pablo, Río de Janeiro y Porto Alegre, incumpliendo los acuerdos firmados en el Mercosur y la Unasur para impedir el paso de naves militares hacia las islas.



El material gráfico al que accedió Tiempo también muestra que han crecido los ejercicios militares en las Islas. Mauricio Macri estuvo reunido con Temer a principios de febrero y no tocaron el tema en su agenda.


Los videos y fotos también dan cuenta de que los británicos están haciendo pesca ilegal y explotación hidrocarburífera en la zona en disputa.


El gobierno argentino y el británico firmaron un acuerdo el 13 de septiembre pasado, a través del cual se comprometían a cooperar. En su momento, intentaron quitarle el peso de un acuerdo bilateral al argumentar que sólo fue un "comunicado conjunto".


Sin embargo, el aumento de los vuelos militares y de los ejercicios en las Islas, se produjo después de esa fecha y no hubo ninguna protesta formal por parte del gobierno nacional.


"El gobierno argentino no ha protestado al Reino Unido. Hubo un incremento de los vuelos, y a sabiendas de esto, el gobierno ha seguido las negociaciones sin exigir el cese. Es un hecho grave, tiene consecuencias", sostuvo el diputado Guillermo Carmona, vicepresidente de la comisión de Relaciones Exteriores de Diputados. "La conducta de Temer es la misma que tuvo Augusto Pinochet en Chile durante la guerra de las Malvinas que es facilitar la instalación y la logística para la realización de estos vuelos militares".


El embajador inglés en el país, Mark Kent, contestó por twitter al diputado Carmona, quien se presentó junto a la ex embajadora en Gran Bretaña, Alicia Castro, en el programa Minuto 1 de C5N.


Con poca diplomacia, el funcionario le escribió directamente al diputado Carmona y reclamó: "Qué vuelos secretos??? Basta de paranoia y conflictividad por favor".

República y populismo

        La Tecl@ Eñe         


  

     Editor/Director: Conrado Yasenza      


miércoles 1º de marzo de 2017


República y populismo




Ilustración: Daniela Jozami





Juan. D. Perón aseveró en 1973 que la Argentina era un país muy politzado pero carecía de cultura política. Esa afirmación sigue vigente en la vida pública del país, y se manifiesta en una débil calidad institucional, afirma Ricardo Rouvier, quien agrega que en la conciencia colectiva se ha formado una fuerte ligazón entre política, poder judicial y corrupción junto a la idea de ineficiencia e ineficacia del Estado. ¿La Argentina debe ir por un fortalecimiento republicano, o ayudar a su derrumbe? El dilema político está planteado y las fuerzas políticas deberían definirse ante esta situación.


Por  Ricardo Rouvier   *

(para La Tecl@ Eñe)





"Lo más necesario y tal vez más difícil en el gobierno es una severa integridad capaz de hacer justicia a todos y sobre todo de proteger al pobre contra la tiranía del rico. El más grande mal ya está hecho cuando hay pobres que deben ser defendidos y ricos que refrenar (...) Es pues una de las más importantes cuestiones del gobierno prevenir la extrema desigualdad de las fortunas (...)"

Jean Jacques Rousseau - Principios de Economía política





Perón decía en el ´73 que la Argentina estaba muy politizada pero carecía de cultura política. Esta afirmación puede separarse de su oportunidad y atravesar los tiempos y ponerla a prueba nuevamente. En aquel momento el país estaba inundado por la política en su expresión más beligerante que ensombrecía a la interna peronista con la intervención manifiesta o secreta del partido militar. Posiblemente, la aseveración del líder tenía un destinatario o varios, como muchos de los enunciados, a veces oblicuos, desde que retornó el 17 de noviembre de 1972 hasta que falleció el 1 de julio del 1974.  Uno podría especular sobre cuál era el paradigma que usaba Perón para determinar su veredicto. ¿Se refería a alguna democracia en particular?; ¿se refería a algún modelo teórico?; o el apuntaba directamente a la violencia, en cualquiera de sus formas,  como antipolítica; aunque él mismo había abrazado a las formaciones especiales (que no había creado); y luego había  determinado el fin de la lucha armada, con el llamado a elecciones de parte del gobierno de facto.

 

Aquella aseveración del líder del peronismo sobre la cultura política argentina, está presente hoy en la vida pública. A pesar de los años transcurridos nuestro país sigue mostrando una débil calidad institucional. Si uno toma un poco de distancia, verá que más allá de los amores y odios que provocan los actores del tablero político, la situación es grave. Hay alrededor de un centenar de ex funcionarios en situación judicial, en el cual se encuentra nada menos que la ex Presidenta, el ex Vicepresidente, Ministros, Secretarios de Estado. En la misma situación está el actual Presidente y algunos funcionarios del gobierno, acusados de lavado de dinero y otros fraudes. Un fiscal de la Nación murió en forma aún indeterminada, pero previamente había acusado a la entonces Presidenta y al Canciller.  Aún siguen si clarificarse, los atentados a la Amia y la Embajada de Israel.  En la vida cotidiana, la incapacidad o corrupción del Estado genera accidentes  con resultados trágicos; o el involucramiento de parte de las fuerzas de seguridad en el delito genera indefensión.



Además, hay una herencia pendiente  que resolver; hay desaparecidos, todavía hay nietos con una identidad alterada; hay juicios a represores no terminados. La lentitud de los tribunales (que menciona Hamlet en su monólogo en 1599), es de una sospechosa precisión. Hay muchos jueces que no pueden justificar sus bienes ni su estilo faraónico de vida. La política profesional y el poder judicial no entusiasman a los argentinos. Por eso, cuando se consulta a la población sobre la preferencia por el voto obligatorio o voluntario, la mayoría se inclina por este último, a pesar de que somos muchos los que defendemos el primero sobre la base de la estimulación de la conciencia cívica.



Por otra parte, en estos años pero sobre todo desde los ´90, se formó en la conciencia colectiva una fuerte ligazón entre política y corrupción; poder judicial y corrupción, ineficiencia e ineficacia del Estado. Que haya una justicia para ricos y otra para pobres está naturalizado en la sociedad y es aceptado mansamente. A pesar de esto, debemos reconocer que hay alguna justicia; y que esto es mejor que ninguna. También hay políticos honestos, pero cansa tener que ir aclarando siempre esto, en medio del naufragio institucional.



El parlamento carece de prestigio, aunque esto es un fenómeno mundial y no solamente en nuestro país.  El panorama general es que las instituciones no generan ni adhesión ni afecto de parte del soberano. El balance indica que la República está en deuda con la sociedad, y no ha logrado una contribución a la paz e integración social. Pero, la Republica no es una abstracción, hay responsabilidad política y social en su  manifiesta nulidad.  Se articula una fuerte incapacidad política con una indiferencia generalizada de la mayoría de la sociedad. La política tampoco lucha contra esa indiferencia, y podríamos sospechar que la aprovecha. La política es acosada por la demagogia de los medios, que se muestran como inmaculados ante sus públicos.



Todo esto es mucho más de lo que cualquier Nación puede soportar en silencio. Esto merece subrayarse; no hay relación entre la crítica situación institucional estructural; y la actitud de la población que reacciona, a veces, en el perímetro barrial por temas de inseguridad. Desde el ideal liberal de Cambiemos o desde un proyecto transformador del kirchnerismo o del peronismo, el estado de situación psicosocial de la población no debería ser dejado de lado.



El dilema político estructural está sobre la mesa aunque no se lo quiera ver. ¿La Argentina debe ir por un fortalecimiento republicano?, o por el contrario ¿debe ayudar a su  derrumbe? Sería bueno que las fuerzas políticas definan posición frente a esto.



La constitución de las repúblicas en la región, tuvo la característica dada por las luchas por la independencia, luego los enfrentamientos intestinos, y la conformación de una institucionalidad a semejanza del modelo europeo con la dependencia económica respectiva; y el desenvolvimiento de las luchas emancipatorias. La democracia liberal naciente en expansión mundial desde el centro del mundo, era visto con desconfianza por las colonias o ex colonias. Finalmente el centro avanzó hegemónicamente sobre la periferia, pero el edificio construido tiene ambas huellas; lo liberal y su negación; el régimen y el populismo.



El peronismo se fundó y se desarrollo inicialmente en su lucha contra la República burguesa u oligárquica. El peronismo, como el populismo en general, es abonado por la corriente filosófica romántica en contraposición a la tradición iluminista; esta dicotomía hundió sus raíces en las luchas civiles. Ha rechazado el Iluminismo/Racionalismo por considerarlo una realidad totalmente ajena a la cultura argentina. Se constituyó en una verdadera ideología dominante, que llevó a varias generaciones  a pensar un país nacido del imperio de la razón; tomando a Europa como modelo integral: económico, político y cultural. Por otra parte los liberales en nuestro país fueron los autores intelectuales de los recurrentes golpes de Estado ocurridos desde 1930 hasta 1976. El Partido Militar no hubiera existido sin el aporte de la materia gris provista por civiles y profesionales. Aportaron al régimen: la espada, la pluma y la palabra.



Para Perón, el Iluminismo resultaba inaceptable por su negación de los valores del espíritu (influencia de la doctrina católica) y su visión del individualismo antropológico. Veía con absoluta desconfianza la concepción moderna de democracia por cuanto sus autores intelectuales pertenecieron al Iluminismo. El General opuso a la democracia institucional, la democracia social, que incluye la desigualdad como demanda. Su primer y segundo gobierno tuvieron las características de una democracia social, que mantenía los mecanismos de representación, pero que ejercía un fuerte centralismo en el monopolio de la acción política oficial. Algunos, desde la academia, llamaron a este modelo: "democracia dura", o "democracia acotada". Es indudable que había un ejercicio restringido de la libertad de expresión o de libertad de prensa, justificada por la amenaza continua del enemigo, pero hoy impracticable. En varios momentos de los doce años del k. (sobre todo a partir del conflicto con el campo) el gobierno transito por construcciones semánticas que daban cuenta de que la guerra continuaba.  Actualmente se transita por los mismos andariveles discursivos.



El carácter antiburgués del peronismo no atravesó los límites del propio régimen para constituir otra sociedad; por ejemplo una República socialista; su horizonte utópico fue el organicismo de la Comunidad Organizada. Pero eso no evita la circulación sectorial de la fusión entre el enfoque filomarxista sobre la realidad, y el peronismo. Sigue apareciendo en nombre del peronismo, la categorización "derecha", "izquierda", que Perón desechaba.






Visto desde hoy el régimen del ´46 al ´55 es impracticable por la evolución de la democracia y la economía capitalista. Una mirada favorable al populismo sin derrumbar el régimen, es el que plantea Ernesto Laclau en La Razón Populista, en que se actualiza la visión sobre la democracia social: "Cuando las masas populares que habían estado excluidas se incorporan a la arena política, aparecen formas de liderazgo que no son ortodoxas desde el punto de vista liberal democrático, como el populismo. Pero el populismo, lejos de ser un obstáculo, garantiza la democracia, evitando que ésta se convierta en mera administración".



Perón en su etapa final termina aceptando la democracia institucional, al no desaparecer el sistema demoburgués que había condenado como decadente. El líder se adecua a la evolución de los tiempos en que la democracia se va globalizando y consolidando junto con el libre mercado. En el núcleo fundante del Estado Liberal están las libertades individuales, pero también el principio básico del liberalismo democrático: la propiedad privada.



Esto había sido interpelado desde el art. 38 de la Constitución del ´49 propio de la corriente denominada Constitucionalismo Social:



"La propiedad privada tiene una función social y, en consecuencia, estará sometida a las obligaciones que establezca la ley con fines de bien común…"



De manera significativa Perón dijo de la nueva ley fundamental que "perfeccionaba el sistema democrático" , claro se refería a los contenidos sociales de la misma.



El rechazo al iluminismo, sea cual fuera la modalidad que éste adoptara, colocaba al líder ante un realismo político no exento de ideales que enunciaba fervorosamente con aquella famosa máxima, "La única verdad es la realidad", apotegma que presupone el principio de evolución y preeminencia histórica. Perón, de este modo, devaluaba a las ideologías como construcciones destinadas a preformar la realidad, sacrificando el pragmatismo. El creador del peronismo nunca creyó en la perpetuidad del socialismo real; y finalmente tuvo razón.  



Ciertamente, la doctrina democrática moderna, además de afirmar secularización del orden político, hace suya una visión del individualismo antropocéntrico; y esta es una diferencia central con el populismo. El liberalismo  se sostiene sobre la afirmación de que el orden político-social encuentra su legitimación fundante sólo si asegura los objetivos vitales elementales del individuo. Pero, entre los padres fundadores y la historia se aprecia un desplazamiento del liberalismo a partir de encontrar un rol al Estado dentro del sistema (ejemplo de participación del Estado en la crisis financiera del 2008) , y la cuestión social que hoy forma parte de la agenda de la izquierda pero también de la derecha occidental. Por supuesto, que tenemos en cuenta cuestiones como la xenofobia y discriminación ante los inmigrantes por parte de la derecha europea o Trump; pero mantiene al mismo tiempo una agenda social para los nativos.



Lo que finalizó es la contraposición  agonal entre individuo y Estado, en que el liberalismo (cercano al anarquismo), preconizaba la liquidación total del Estado. Por supuesto, que sigue vigente la disputa por el mayor o menor intervencionismo estatal, que distingue a las políticas populares y de izquierda de los intereses corporativos.



Uno de las columnas de la República Democrática es la existencia y dinámica de los Partidos Políticos. En esto hay dos tradiciones antagónicas que han contribuido a la casi inexistencia partidaria. Por un lado el peronismo se constituyó sobre la base del movimiento nacional, alojando al Partido a un lugar secundario  (el rol electoral). Por otra parte la tradición liberal institucionalizó el régimen previamente indicado en los documentos liminares, las leyes fundantes , la importancia de las organizaciones políticas legales, mientras por la otra su práctica fue la de interrumpir la legalidad con los golpes de Estado, para evitar el avance del populismo. Mientras unos no amaban el régimen político y lo ponían en tensión, otros lo violaban reiteradamente. Si a nuestras tradiciones nacionales, le agregamos la herencia del anarquismo y las izquierdas, nuestra institucionalidad quedo hecha jirones.



El último Perón, es el Perón más enigmático, más contradictorio y más complejo. Se produce un giro significativo en el líder, desde la Actualización Doctrinaria (Abril 1971) al Perón en su vuelta definitiva. No se puede dejar de considerar entre las probables causas, las señales negativas que provenían de la región a favor de sectores reaccionarios y el final de gobiernos democráticos.



El abrazo con Balbín; tuvo una significación especial; era el final de una historia de desencuentros en el espacio bipartidista; y una guía hacia los propios sobre la meta de la pluralidad democrática.  Para Perón era el final de una época y el comienzo de otra, pero era muy difícil ver esto detrás del entramado de la triple A, la violencia y las aspiraciones de varios sectores y organizaciones populares. Perón ingreso en el último tramo de su pasaje vital, y todos ingresamos a un callejón sin salida.



Parece que, desde cualquier ángulo ideológico, nuestra sociedad, sobre todo la sociedad política, no puede soslayar la necesidad de tomar una posición frente al estado republicano, empezando por los Partidos Políticos, la reforma judicial, sistemas electorales que respeten la autonomía del votante y otras cuestiones que hacen a la ética pública. La baja densidad institucional propugna la desigualdad ciudadana,  afecta la relación entre las personas, entre los grupos sociales, y favorece la influencia de las grandes corporaciones y de los grandes medios que actúan "reemplazando" a las instituciones en falta. La baja intensidad institucional beneficia la porosidad del sistema en el que los que tienen más obtienen más. El carácter plutocrático de nuestra cultura política ocurre, independientemente, de si gobierna el populismo o gobiernan los liberales. La diferencia estriba en que cuando está el populismo, el peronismo, el kirchnerismo, hay una tendencia a una mayor igualación social, mayor movilidad social, a una ampliación de los derechos sociales, pero la  matriz plutocrática está presente.





Max Weber, nos hace reflexionar sobre nuestra actualidad, cuando define el patrimonialismo político como el dominio que un príncipe o señor ejerce sobre las masas de subordinados mediante un aparato burocrático integrado por fieles al soberano. Esta forma de autoridad que implica una relación social de carácter predominantemente personal, tiende a la inestabilidad en él tiempo, y representa un serio obstáculo para las posibilidades de una racionalidad aplicada en lo económico y lo político.



Desde posiciones instituyentes, contestatarias, la República burguesa está destinada a morir, o ser ejecutada. Pero, no nos referimos a los anarquistas o a la extrema izquierda que ocupan un lugar fijo y externo en la sociedad, sino a los que tienen la posibilidad de alcanzar el gobierno, a los que están dentro del régimen político democrático liberal con capacidad de poder. ¿Hasta dónde se utilizan las herramientas instituidas, hasta donde se cumplen las normas, hasta donde se tensa la cuerda? Y estas no son preguntas para los radicales, ni para los socialistas santafesinos, es una pregunta intrínseca al populismo. Es el populismo que tiene que definir qué hacer con la República.  



Durante el kirchnerismo tuvimos señales dispares; por un lado la continuidad de la tensión peronista con las instituciones, aunque adscribe al primer Perón y sustrae al último, y eso supone una posición contraria al republicanismo. En la campaña presidencial de CFK del 2007 fue clara en la comunicación publicitaria la necesidad de mejorar la institucionalidad. Por entonces Néstor Kirchner decía: "Cristina le puede dar al país calidad institucional". Luego, vino el conflicto por la 125 y la direccionalidad política cambio de rumbo, se terminó el romance con los radicales k., y se acentuó la centralidad. La promesa de "vamos por todo" dicha por CFK el 27 de febrero del 2012 en Rosario, sonó como una declaración de guerra, como una proclama dispuesta a la toma de la Bastilla.



La fuerte personalización y la confirmación de la dualidad amigo-enemigo determinó que las instituciones operaban como una limitación, como un obstáculo para el propósito político siempre relacionada con el poder. El kirchnerismo intentó forzar la constitución de un régimen (como había sido el régimen peronista) con un criterio totalizar y perdurable; donde no caben los cambios de opinión ni siquiera de los propios. Algunas acciones en comunicación pública apuntaron a lo mismo; establecer un modo de pensar que se impusiera a los otros, por el simple peso de la verdad, lograda a través de la repetición. El ágora griega se convirtió en un cenáculo pequeño, ensimismado.



El Peronismo a través del PJ se ha integrado en forma completa al régimen democrático-liberal moderno, pero no se plantea ir por la reforma de la situación estructural institucional, ni por el mejoramiento del Partido nacional que está paralizado. El peronismo se encolumnó detrás de la democracia moderna, pero se vació de una voluntad  de reforma profunda.



A su vez el kirchnerismo, en su tenaz oposición a Cambiemos y en su afán de retorno, busca la destitución de Macri. Su afán es restaurar, volver a lo anterior, o sea seguir la construcción de un régimen que quedó interrumpido. Su vocación interpeladora debería diseñar, además,  un porvenir en lo económico, político y social.



Es posible que el kirchnerismo quiera asumir la liquidación de la actual República fundada en la democracia institucional para suplantarla por otra República social, por una nueva con otras formas de representación. Hay algunas voces del kirchnerismo que se han elevado planteando una reforma constitucional y apunta, indudablemente a eso. La plataforma política para tal cambio requiere de mayorías contundentes que involucren a sectores que hoy no están dentro del kirchnerismo, incluyendo una parte importante del peronismo.



Si el kirchnerismo no lo hiciera porque no quiere o porque no puede, entonces no le queda más que seguir manifestando su negatividad sobre los adversarios; mientras navega sobre la estructura de la democracia liberal vigente; quejándose del barco pero dependiendo de él.







*    Licenciado en Sociología, doctor en Psicología. Analista político y docente universitario.








CUESTA ABAJO: Un mensaje en el peor momento del Gobierno

miércoles 01 de marzo de 2017





MACRI HABLA ANTE LA ASAMBLEA LEGISLATIVA EN MEDIO DE UN PANORAMA DE FUERTE CAÍDA DE SU IMAGEN EN LAS ENCUESTAS

Un mensaje en el peor momento del Gobierno

Los encuestadores coinciden en marcar que tanto el Gobierno como Mauricio Macri perdieron aprobación. Hoy son más las opiniones negativas que las positivas sobre su gestión. El escándalo por el Correo marcó un quiebre.
                                                                        Por       Raúl Kollmann


Mauricio Macri llega hoy al Congreso Nacional en un momento en que las encuestas le marcan un grave deterioro. En ese diagnóstico coinciden todas las consultoras: el gobierno y el propio Macri perdieron aprobación, los que opinan mal son más que los que opinan bien y no hay expectativas económicas. Aresco, la encuestadora que lidera Federico Aurelio, registró en febrero una caída de ocho puntos en la imagen del primer mandatario, quedando por debajo del 40 por ciento de aceptación, contra un 57 por ciento que opina mal o muy mal. Cuando a los encuestados se les preguntó si están mejor o peor que antes, apenas el seis por ciento contestó que está mejor. Más de la mitad de los consultados sostuvo que no llega a fin de mes y casi todos los índices dan mal: inseguridad, inflación, empleo e, incluso, corrupción. El punto neurálgico de la caída de la administración Macri es la economía y, más en concreto, las altas tarifas, la pérdida del poder adquisitivo, la baja en las ventas, los despidos, pero el deterioro se produce además en momentos en que se disolvió el espíritu de luna de miel con el que llegó a la Casa Rosada. Cambiemos necesita resultados. Rápido. 

Federico Aurelio sostiene que "el cambio clave se dio en este mes de febrero. Macri perdió ocho puntos. Nosotros hasta ahora veíamos gran estabilidad en las mediciones con una evaluación equilibrada entre los argentinos que lo valoraban positivamente a Macri y los que lo valoraban negativamente. No se podía determinar con certeza en qué momento esta valoración positiva podía deteriorarse, pero siempre advertimos que eso iba a ocurrir si la sociedad no percibía hechos concretos de mejoría de su situación personal. Esta situación se modificó en el mes de febrero. El fallido acuerdo con el Correo Argentino, los errores en el cálculo de los haberes jubilatorios y el reconocimiento por parte del mismo gobierno de que no son infalibles y que cometen 'errores' golpeó la confianza de una parte de los argentinos que apoyaban al gobierno. De acuerdo a nuestra medición, la evaluación negativa de la gestión del gobierno llegó al 57 por ciento de los argentinos. El principal factor de la valoración negativa de la gestión de gobierno es la evaluación que hacen los argentinos sobre la situación económica del país y sobre su situación personal. Éstos hechos que sucedieron en febrero no son los principales responsables del malhumor social sino que fueron la excusa para manifestar la preocupación por la gestión de gobierno. Nos encontramos en un punto de inflexión para el gobierno: difícil que recupere la confianza generando solamente expectativas. El gobierno tiene el desafío de que en este 2017 la sociedad perciba la recuperación que se había prometido para el segundo semestre 2016".

Manuel Mora y Araujo, de Ipsos Mora y Araujo, percibe una situación similar. "Sin duda lo ocurrido en febrero impactó. El gobierno de Macri está en un momento difícil. Más allá de las discusiones sobre los errores, las rectificaciones y demás, lo cierto es que las cosas no están saliendo bien y la situación no mejora con la rapidez con la que el gobierno esperaba. Por eso, está en un momento difícil y enfrenta el desafío de este año político-electoral en una situación menos cómoda de la que se anticipaba meses atrás".

Eduardo Fidanza, de Poliarquía, no percibe un cuadro tan negativo. "El gobierno inicia el año parlamentario y electoral con luces y sombras. Entre los aspectos positivos puede mencionarse el éxito notorio del blanqueo, el descenso relativo de la inflación, el bajo nivel de conflictividad social y una tendencia a no presionar a periodistas y jueces. Puede haber casos en esta administración, pero no del modo sistemático en que lo hizo el kirchnerismo. Entre los aspectos negativos se destaca la propensión a los llamados errores no forzados, cierta vacilación a la hora de tomar decisiones y mantenerlas con convicción, la carencia de conducción y comunicación unificada en la política económica, entre otros. En este contexto, el tema del Correo y de las jubilaciones afectaron la imagen presidencial, aunque todavía es prematuro para saber si esa caída se profundizará o se revertirá".

Hugo Haime, titular de Haime y Asociados, también percibe una caída fuerte en todos los índices de aprobación del Poder Ejecutivo. "La suma de acontecimientos negativos de febrero  – incremento de tarifas, peajes, boleto de colectivo, más las idas y vueltas con el tema del Correo y el ajuste de las jubilaciones – impactaron fuertemente en la opinión pública. Es una situación similar a la de agosto 2016 cuando se anunció el incremento de tarifas de más del 500 por ciento. En ese momento también registramos una caída en la aprobación del gobierno, el que luego se recuperó. Pero ese era un tiempo de expectativas altas. Actualmente, al no registrarse mejoras en la situación actual del país ni en el bolsillo las expectativas, hay caída. Además, pocos son quienes creen que la inflación de 2017 vaya a estar cercana al 18 por ciento. Por el contrario, no la ven muy distinta a la de 2016 y también son pocos los que creen que los incrementos salariales deban ubicarse al mismo nivel que la inflación. En suma, una luna de miel que se ve interrumpida y que obliga al gobierno a mostrar mayores resultados en lo económico y laboral y además en evitar situaciones que impliquen conflicto de intereses entre grupos empresarios  y el Estado".

"Todos los parámetros de nuestra última medición fueron muy negativos para el Gobierno."  – coincide Roberto Bacman, titular del Centro de Estudios de Opinión Pública (CEOP)  – "Más de la mitad de los encuestados dijeron que lo del Correo fue un acto de corrupción y que Macri conocía el acuerdo. O sea que no lo tomaron como un simple error. A esto hay que sumarle que nosotros ya veíamos que cada vez crece más la cantidad de personas que se autodefinen como opositores y cada vez cae la cantidad que se considera oficialista. Todo eso se profundizó en febrero". 

"El inicio del año político es el peor que recordemos desde el año 2003."  – sostiene Artemio López, titular de Equis – "Ni Alfonsín, Menem o incluso De la Rúa tuvieron un balance tan desolador como Macri transcurrido un año.  Analizado en materia productiva todos los sectores – salvo el agropecuario más concentrado – están ya en crisis plena, el consumo en sus niveles mas bajos desde el año 2001, pobreza creciente y desempleo superando ya el 12 por ciento en los grandes conglomerados urbanos. Inflación y déficit duplicando los niveles recibidos y deterioro salarial promedio de 10 puntos analizando masa salarial, formal e informal. Como contrapartida un endeudamiento récord que en un solo año representó el 10 por ciento del PBI. En este contexto el caso Correo agrega un escándalo más. Yo diría que se instala 'roban pero no hacen', porque es un contexto de deterioro social galopante".

"No dudo de que el cuadro de situación para el gobierno es complicado." – sostiene Analía del Franco, de Analía Del Franco Consultores –  "El descenso del nivel de aprobación del gobierno nacional y del Presidente – si bien de manera leve – se observa desde el mes de julio de 2016. Pero la situación más complicada se ha dado en los últimos 15 días, el descenso en su nivel de aprobación fue más pronunciado, siete puntos menos que en diciembre. Los desencadenantes de estos días son varios además de los más notorios como el caso del Correo Argentino y el descuento a jubilados. La segunda quincena de febrero ha sido siempre crítica para los gobiernos – y esta no es una excepción – el fin de las vacaciones y las compras escolares, son determinantes. Este año, además, con una CGT activa y en posición de demanda".

"En el último mes"  – explica Ignacio Ramírez, director de Ibarómetro –  "se produjo un desplazamiento del centro del debate político de la Argentina: dejó de ser la herencia kirchnerista y pasó a ser el 'desempeño macrista'. Hasta ahora, la imagen del Gobierno se sostenía en la eficaz reconstrucción comunicacional de la herencia, cierta dosis de expectativas en relación al futuro y, sobre todo, una extendida percepción de 'intenciones positivas' que se le atribuía al Gobierno de Macri y que protegía una suerte de 'salud moral' en su imagen. Este esquema, exitoso el año pasado, entró en crisis y por ello en las últimas semanas se observó la caída de imagen del gobierno más importante desde el inicio del actual ciclo político. Hoy, el estado anímico de la opinión pública muestra signos agudizados de incertidumbre y preocupación".

Ramírez redondea: "el gobierno de Macri inicia el año político en situación problemática, está bajando la popularidad y disminuyen las expectativas de recuperación económica. Nuestra medición nacional de febrero indicó que solamente un 27 por ciento de la población de todo el país cree que se saldrá de la recesión en los próximos meses. Se desvaneció el plan que tenía el gobierno el año pasado, que se apoyaba sobre la promesa de una recuperación en el segundo semestre, lo que les daría envión para la campaña electoral. Ahora tendrán que seguir en la línea de comparar el presente con el pasado y de aprovechar las oportunidades que le brinde el Poder Judicial para desprestigiar al peronismo/kirchnerismo. Todo indica que marzo será un mes de manifestaciones antioficialistas que van a complejizar, aún más, el escenario sociopolítico. Hay que agregar que también llueven críticas de aquellos sectores económicos y de comunicación que han apostado fuertemente por esta administración. A esta altura es una obviedad que lo de la deuda del Correo estuvo mal manejado. El 66 por ciento de la población nacional, en nuestra encuesta de febrero, calificó de este modo el problema del Correo y su vinculación con la familia del Presidente".

"El amor es eterno mientras dura."  – sentencia Fernando Zack, director de Analogías –  "Durante el último trimestre de 2016 pudo observarse con claridad que el encantamiento de la luna de miel con Mauricio Macri comenzó a deteriorarse. A partir de octubre pasado, la imagen positiva del gobierno y de Macri comenzaron a caer lenta pero sistemáticamente. Tal es así que las últimas mediciones comienzan a mostrar que la imagen negativa del Presidente supera ampliamente a la positiva. En este contexto, sale a la luz el acuerdo con el Correo que profundizó el malestar social con el Gobierno ante una crisis que involucra directamente al Presidente, que arroja sospechas sobre su honestidad y, en consecuencia, golpea directamente en uno de los ejes sobre los que Cambiemos construyó su legitimidad social. Este acontecimiento puede significar un punto de inflexión en los apoyos colectados por el oficialismo ya que el acuerdo es rechazado también por los propios votantes de Cambiemos. 2017 no parece ser un año en el que vaya a haber grandes novedades en el plano económico. El Presidente y su coalición política deben tener presentes que la combinación de deterioro económico y corrupción puede ser letal para cualquier Gobierno".