'ElBarullo': Continuidades en la Plaza
ElBarullo
de Conrado Yasenza
Apuntes críticos y no tanto
martes 13 de marzo de 2018
Continuidades en la Plaza
La marcha del 18 de febrero, denominada 18F o "Marcha del silencio" (ya casi como apelación reiterativa a la sigla o el slogan nominativo luego del 11S) fue multitudinaria y su composición barruntó una mayoritaria presencia de clase media con escasa presencia de jóvenes. Un dato para el análisis sociológico: Esos jóvenes no orgánicos ¿desde qué estructura partidaria pueden ser convocados? ¿a través de qué organización política pueden canalizar sus expectativas de cambio? Sabemos que ni el trotskismo ni el kirchnerismo convocaron o adhirieron a la marcha, y la mención nos es caprichosa sino que allí puede hallarse una explicación ya que estas plataformas políticas están conformadas por un fuerte componente juvenil.
La marcha, se ha dicho, al ser anunciada bajo el lema "del silencio" rompe con la tradición de la manifestaciones públicas en donde la palabra tiene un rol central a través de los oradores, que vuelve racional una emoción mediante la argumentación y las ideas. En la marcha del 18 el silencio, que mutó a murmullo de palmas, se intentó negar lo político. Pero, ¿puede decirse que esta manifestación no fue política? No, y no por el carácter político del hombre en comunidad. Fue claramente política porque en su organización se evidenció una fuerte operación comunicacional e institucional: Medios opositores al gobierno y fiscales enemistados con el poder gobernante, aunaron fuerzas en reciprocidades que comprometen la supuesta independencia de estos miembros del Ministerio Público. Se sabe, estas reciprocidades pagan. El set televisivo extiende sus brazos como una Medea que hábilmente puede ordenar el destierro de inmediato. Allí la trampa o el grillete. Pero también los silencios hablan al ocultar lo que subyace como verdadero fondo. Los silencios, en determinadas ocasiones, clasifican, ordenan y exponen aquellas ideas que en apariencia no son expresadas. Podríamos decir que el silencio, en este marco, oficia de resaltador.
Pero también esos silencios conforman la reactualización del espinel histórico desde el cual el poder real condiciona al gobierno actual y al que vendrá. Ese mensaje encriptado, que debemos leer, es el de la restauración del miedo que, como dramática secuela, la dictadura cívico-militar inscribió en el cuerpo social de la Patria. Ese miedo repone la posibilidad de que las libertades y sus manifestaciones puedan ser investigadas y espiadas, y que en medio de ellas, quizá, podamos encontrar la muerte. Allí el miedo con el que el poder alecciona y da aviso. Y ese miedo sostiene otra reposición brutal en su eficacia: La impunidad. Es decir, una idea que puede ser colectiva, que puede ser compartida por muchos, pero que encuadrada en la noción ya instalada para siempre del crimen político, de la construcción de una idea de totalitarismo Estatal, torna en ideolema que manifiesta una clara ruptura con la lucha contra la impunidad criminal que durante estos once años hemos venido realizando junto a actos simbólicos fundamentales como el de aquel 24 de Marzo de 2004, día en que el ex presidente Néstor Kirchner se hizo presente en el Colegio Militar y ordenó bajar los cuadros de los genocidas Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone. Esto es lo que deberíamos leer luego del 18F.
En la marcha los hechos no tuvieron peso ni valor, sino las interpretaciones y las palabras enunciadas en abstracto, lanzadas a la ausencia de reflexión: Injusticia, corrupción, inseguridad, impunidad, democracia, y un "viva la patria" alegórico cuyo vacío más notable es la falta de carácter colectivo de esa imagen. La muerte no siempre iguala, como tampoco la vida. Cientos de muertes invisibilizadas, muertes de los "sin prensa", o de los "triturados por la prensa", de esos otros que simbolizan los temores reales que sostienen las abstracciones enunciadas por el variopinto conjunto de ciudadanos asistentes a la marcha. La suma de todos sus miedos. Para todos ellos ni marcha ni justicia, y en esto tienen que ver principalmente los fiscales, la justicia, pero también la sociedad en la que habitamos. Marchas de silencio para muertes de primera clase. Silencio de tumbas - en muchos casos NN - para muertos de segunda y muertos que sectores de la sociedad mata una y otra vez.
El fiscal Alberto Nisman no es un héroe social ni colectivo como se pretende desde los discursos de los grandes medios sino un fiscal que coqueteó con el poder de los espías locales e internacionales (CIA y MOSSAD) y que presentó una denuncia insostenible de la cual ya casi ningún sector de la oposición política habla, y menos defiende o levanta como estandarte. Aún menos, luego de las deconstrucciones jurídicas que amplios sectores del campo judicial realizaron, entre ellos, el ex fiscal Luis Moreno Ocampo. En ese sentido es que las declaraciones realizadas por el presidente de la Auditoría General de la Nación, Leandro Despouy, constituyen un grave hecho institucional. Despouy comparó la realidad política de la Argentina del 73, sociedad convulsionada por el dramático clima de violencia política producto de la irrupción de la "Revolución Libertadora" en 1955, que durante dieciocho años proscribió al peronismo, generando esta proscripción tensiones que se evidenciaron hacia el interior del movimiento. Despouy provoca desde el embuste. Se utiliza así la muerte de un fiscal en la elaboración de un capítulo más del proceso que intenta desestabilizar a un espacio político que lleva tres gobiernos ejercidos por mandato popular. Las declaraciones de Despouy coronaron ese ciclo de aprovechamiento político irresponsable que es atendible considerar como deseo desesperado de hacer real el fin de ciclo. Nisman no es un héroe social, menos político en el sentido de una vasta trayectoria militante; tampoco es comparable con Rodolfo Ortega Peña: Su muerte sí fue la de un militante y sí fue un asesinato político que se produjo en otro tiempo histórico para nada equiparable al actual. Las falacias de Despouy emanan un ¿aroma? ¿hedor? que sí es comparable con la perpetración de un estado de conspiraciones, con clara participación de los EE.UU, direccionado a alterar el ciclo natural del proceso democrático a ocho meses de las elecciones presidenciales.
* Periodista. Director de la Revista de Cultura y Política, La Tecl@ Eñe
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