el cohete a la luna
miércoles 10 de enero de 2018
LOBO SUELTO
Un documento estremecedor
La historia detrás del recuerdo de Timerman sobre Etchecolatz
Un juez de primera instancia y una sala de la Cámara Federal procesaron al ex canciller Héctor Timerman por una decisión política del gobierno que integró, ratificada por una ley del Congreso: un memorándum de entendimiento firmado con Irán de modo que los ciudadanos de esa nacionalidad acusados por el atentado contra el edificio de la DAIA pudieran ser indagados por un juez argentino en Teherán. El juez Glock procesó a Timerman, a la ex presidente CFK, al ex secretario legal y técnico de la presidencia Carlos Zannini y a otros ex funcionarios y ciudadanos por traición de la patria y encubrimiento. La sala II de la Cámara (Martín Irurzun, Eduardo Farah y Leopoldo Bruglia) borraron el disparatado cargo de traición a la Patria (que la Constitución Nacional restringe desde 1853 a la asistencia al enemigo durante una guerra), pero confirmaron las demás imputaciones y la prisión preventiva. Glock dispuso que Timerman la cumpliera en su domicilio porque está muy enfermo, y durante la feria judicial el juez suplente Sergio Torres lo autorizó a viajar a Estados Unidos donde tiene una cita con los médicos que intentan contener el cáncer que padece. Conozco a Timerman desde que era un adolescente que curioseaba todo la redacción de La Opinión todo lo que le permitía su padre, con quien yo trabajaba. Tenía un enrulado pelo rubio y los ojos celestes de su madre, la bellísima Rische Mindlin (tía del bandido). Hoy es un hombre de 64 años, calvo casi por completo y cada día más parecido a su padre, como si alguien hubiera movido hacia allí el switch genético que comenzó en el extremo más agraciado. Una lectora me reprochó la semblanza que hice de Cyd Charisse en sus últimos años. Le pareció cruel. No entendió que no hablaba de una persona en especial sino de aquello que el tiempo infiere a todo los seres vivos y que tanto se nota en quienes más espléndidos fueron en la juventud. Héctor habla con voz queda y se agita luego de dar unos pocos pasos vacilantes, que además le producen dolor. En un escrito judicial dijo que no vería el final del juicio porque su enfermedad era terminal. Pero su espíritu está más fuerte de lo que lo recordaba en momentos mejores, indignado por la iniquidad que jueces serviles a cualquier poder le están haciendo en él a la sociedad argentina. Durante el menemismo la justicia fue utilizada para proteger a los amigos, tanto por el criminal desguace del Estado como por el enriquecimiento consiguiente y por otros negocios turbios. Uno de los beneficiarios fue Maurizio Macrì, procesado por contrabando de autos mediante su empresa offshore Opalsen y liberado por la anegada Corte Suprema de Justicia. Quien se indignó con esa decisión, cuando decía que su límite era Macrì y los demás delincuentes que saquearon al país, fue la hoy desmemoriada Elisa Carrió, quien promovió el juicio político a dos de sus miembros. Pero salvo solitarias excepciones (Domingo Cavallo, por ejemplo) el aparato judicial no se había utilizado para asediar a los adversarios políticos. Ésa es la mayor contribución de la Alianza Cambiemos a la pulverización institucional que padece la Argentina y que costará revertir, porque no se puede edificar nada firme sobre una ciénaga, como bien sabe el ingeniero Macrì.
Miguel Osvaldo Etchecolatz acumula cuatro condenas a prisión perpetua por secuestros, torturas y asesinatos cometidos contra 960 víctimas, entre ellas Jacobo Timerman. Cuando él fue secuestrado y su diario confiscado, en 1977, comenzaron las denuncias internacionales, por el antisemitismo que inspiró toda la operación y el ataque a la libertad de expresión (cuyo extremo fue le detención, desaparición y/o asesinato de un centenar de periodistas). En defensa de la dictadura salieron la Iglesia Católica, la prensa canalla y la DAIA, una institución creada cuatro décadas antes para denunciar exactamente lo que le pasó a Timerman. El presidente de la DAIA de entonces, Nehemías Resnizky, era rehén de la dictadura, que secuestró a uno de sus hijos y luego le permitió viajar a Israel. La conducción actual de la DAIA se porta aún peor con el hijo de Jacobo, tanto que fue la denunciante en su contra, invocando la grabación clandestina de una conversación en la que Héctor no dice nada que no dijera en público: que los acusados por colocar la bomba eran ciudadanos iraníes y que esa era la razón para negociar con el gobierno de ese país y no con Suiza. Además, no tienen la justificación del miedo, que hay que poner en el haber de Nemito Resnizky. Estos son voluntarios convencidos, no padecen al gobierno, lo disfrutan desde adentro. La semana pasada, el presidente de la DAIA, Ariel Cohen Sabban, fue increpado en un café por otro parroquiano, que le gritó: "¿Por qué no te dejás de andar paseando por todos los canales de televisión y hacés algo por la colectividad?"
Etchecolatz también obtuvo la prisión domiciliaria, pero para ello fingió una enfermedad, con ayuda del Servicio Penitenciario Federal que falsificó los registros de su historia clínica. Cuando esto fue descubierto, en 2016, el beneficio fue revocado y volvió a la cárcel. Hasta que hace pocos días, un tribunal oral lo autorizó a ocupar su vivienda en Mar del Plata, donde durante toda la semana hubo manifestaciones y protestas, incluyendo a la psicoanalista Mariana Dopazo, quien se identifica como ex hija del criminal. La misma vara, para dos personas tan distintas.
Un recuerdo personal sobre el Señor de la Vida y de la Muerte
Almorzaba con el periodista, luego secuestrado y desaparecido, Rodolfo Fernandez Pondal en julio de 1977, cuando mi hermano menor entró a decirme que mi padre y ex director del diario La Opinión, Jacobo, había sido secuestrado y desaparecido por segunda vez. Lo curioso es que el nuevo secuestro se había producido del Departamento Central de la Policía Federal, donde había llegado luego de que lo blanquearan del primer secuestro en abril de 1977.
Otra diferencia, no menor, era la angustia de la familia, en especial de mi madre, que temía que se repitieran los tormentos de los cuales fue víctima durante los 40 días en que fue un preso clandestino. Mi madre nunca se recuperó y años después murió de tristeza.
Apenas mi hermano me dio la información fui al Departamento de Policía donde me dijeron que se había presentado un grupo de policías bonaerenses y se lo había llevado sin una orden de traslado. Mi padre había dejado la Biblia que le había regalado el rabino Marshall Meyer con una notita que decía: "Donde vuelvo no necesito una Biblia".
El coronel Ramón Camps había ordenado que lo volviesen a secuestrar y lo llevasen a sus catacumbas. El encargado del traslado y las torturas fue Miguel Osvaldo Etchecolatz. Amo y señor de la vida y muerte de miles de detenidos desaparecidos.
A los pocos días recibí una llamada de la secretaria de Echecolatz citándome para el viernes siguiente. Nunca sentí tanto miedo. Iba a entrar en la cueva del asesino en una ciudad, La Plata, arrasada por la represión. Le pedí a mi novia que me acompañase. Ella esperó en un bar. Si en dos horas no volvía debía regresar a la Capital y avisarle a mi tío. Ahora que escribo este relato me doy cuenta el peligro que corría una joven de 20 años, en un bar a unas cuadras de las oficinas de Camps y Etchecolatz.
Me hicieron pasar a una oficina en una esquina del patio de la Jefatura de Policía de La Plata. No se escuchaban voces ni entraban o salían personas. De pronto pasó delante mío la persona que comandó el secuestro de mi padre de su hogar. Imposible olvidar su cara. Sin prestar atención a mi presencia abrió la puerta del despacho de Etchecolatz y comenzaron los gritos. Habían matado a alguien sin autorización. Etchecolatz gritaba que él decidía quien vivía y quien moría y que su interlocutor era un pelotudo que no entendía la estrategia diseñada por el coronel Camps.
Ahí fue cuando la secretaria se dio cuenta de mi presencia y me dijo que mejor fuese a esperar al patio.
Ese día me permitieron ver, junto a mi madre, que mi padre estaba vivo. Golpeado y asustado pero vivo. Lo vimos en una comisaría del conurbano donde fue llevado luego de nuestra llegada.
Tiempo después conocimos la razón del segundo secuestro. Etchecolatz y Camps deliraban que un comando estadounidense-israelí había llegado a la Argentina para sacar a mi padre del país. Me pregunto cuánta gente fue asesinada por delirios de esa naturaleza.


No hay comentarios:
Publicar un comentario