LUNES 03 DE SETIEMBRE DE 2018
Confianza
De pronto la economía, esa parte exacta y precisa de la administración, depende de la confianza, un elemento de la conciencia. El gobierno de Macri se expresó siempre sustituyendo la idea de confianza por la idea de esperanza, con tono evangelizante, meloso y paternalista. "El problema no es económico, es de confianza, por lo tanto es político", dice el nuevo silogismo pronunciado a coro.
En las últimas horas, pero todo se ha iniciado hace bastante tiempo, se comenzó a hablar de "confianza". Confianza como la consigna mayor de la economía, ese mundo hecho de variables numéricas, valores y tasas que se interrelacionan con el aparente sustento de las cosas que son objetivas, que son porque son y deben ser. ¿Cómo? ¡El mayor episodio de conmoción respecto de los indicios que afectan a la vida social, traducidos a una categoría de la conciencia! ¿La confianza es entonces como la plusvalía, la tasa de interés, el tipo de cambio, las retenciones, la inflación? ¿Tienen derecho los economistas, sobre todo los vinculados a la ortodoxia de FMI, es decir, en los que creen en la objetividad absoluta de la "ciencia del ajuste", invocar ahora un concepto de la conciencia?
Porque la confianza pertenece al ámbito de las tesis más habituales sobre el modo en que proceden las expectativas mutuas. O sea, una cuestión de vacío conceptual, existencia o política, puede reclamar una sutura, consisten en un paso reflexivo inmediato, por el cual sabemos de antemano que nada perdemos con mantener la posición anterior a la se ve ahora ante una incerteza. Un autor hoy ya no más leído y que en su momento citó la inefable señora Carrió, Niklas Luhmann, dice que la confianza solamente está implicada cuando la expectativa confiable hace una diferencia para una decisión, de otro modo lo que tenemos es una simple esperanza. La confianza es simultánea a que haya una indiferencia, necesaria para no contemplar la multitud de acciones que podrán considerarse caóticames si no tenemos confianza en que habrá un curso de acción más o menos previsible. De ahí que descartando que pude ocurrir "cualquier cosa", en medio de la situación de confianza ya establecida, asegurada la supresión del imprevisto y la contingencia total, nos contamos chistes, toleramos iniciativas informales, interrupciones verbales o hacemos tal o cual confesión.
El gobierno de Macri, cuyo tono evangelizante, meloso y paternalista - con un tañido hueco difícilmente soportable - se expresó siempre sustituyendo la idea de confianza por la idea de esperanza. Esta no precisa, como aquella, de mayores previsiones en cuanto a una teoría sistémica y psicológica de la acción social. Simplemente, el esperanzador, vecino al demagogo, no necesita otra cosa que repetir consignas que alguna vez le dieron resultado, "vamos juntos", "nos unimos para acompañarte", "lo único importante sos vos", todas frases basadas en una tecnopolítica marquetinera de cuarta. Nos toman por zonsos, como si fuéramos al supermercado en tanto amigos íntimos del empresario de la carne, de los grandes viñateros, del dueño de la agencia de publicidad o de la familia Leuco.
Ahora, los economistas y comunicadores afines al gobierno, ante la desastrada situación que tiene a la vista, dudan de las acostumbradas églogas macristas a la esperanza. El derroche de miel realizado en medio de una declamación empalagosa, ya no sirve. Y la cambian por confianza. "El problema no es económico, es de confianza, por lo tanto es político", dice el silogismo pronunciado a coro por los señores Blejer, el sonriente jefe de gabinete Peña -la sonrisa es el correlato nervioso de la confianza que se invoca, pero ella se ausenta-, y hasta en su momento lo dijo Rajoy antes de su despedida. Confianza es moneda de cambio. De severa creación del consenso a través de la anticipación de la autoridad que le otorgamos a los sucesos que están por venir, se tornó una forma de la economía, de fórmula vinculada a la convivencia, al trato de descuenta el cumplimiento de exceptivas inmediatas, se transformó en un equivalente del dólar, de la palabra dólar, de las consecuencias que significa pronunciarla.
Las grandes teorías sobre la economía capitalista o la riqueza de las naciones, siempre tuvieron en cuenta la esfera moral. Marx vinculó el ser de lo económico al factor casi teológico de la mercancía, Adam Smith a las maneras de la simpatía mutua y la capacidad de ser imparcial en la formación del juicio sobre cualquier intercambio social, Max Weber a la idea de ascetismo y salvación interpretadas a la luz de los signos económicos. Es decir, no es inadecuado y mucho menos absurdo presentar bajo la forma de la confianza -una instancia de la estructura moral-, todo lo que se produce bajo la dimensión económica. No es concebible entonces que alguna cuestión económica deja alguna vez de ser una cuestión de confianza, pero ésta es también una relación social que alude a la relación igualitaria entre productores y consumidores, pero teniendo en cuenta siempre una instancia ética irrecusable. Por eso, la relación entre vida económica y expectativas sociales (o sea, la relación entre el lenguaje de las variables móviles de la razón económica y los conceptos inmateriales de la razón moral), debe existir en un plano explícito, no como vemos ahora, en que asistimos a una lengua economicista autónoma, manejada por "expertos", y luego, de súbito, todo se transforma en otra cosa. Las crisis provocadas por la esencia de un plan económico con las conocidas características de estrechez en la ampliación de la productividad social, de repente no se explicarán por los conceptos de quienes pronuncian la lengua fondomonetarista, sino que se desplazarán a la esfera de la "confianza". A veces se dirá: puesto que es crisis de confianza, es crisis política. No deja de ser cierto, pero de una manera que ellos no sospechan.
Porque para hablar en serio de la confianza política, hay que hablar en serio también de la economía política. No es posible, como hacen los economistas del gobierno asustados, volcar hacia el supuestamente fácil terreno moral, el quiebre casi inevitable de las estructuras que imaginaron con la consigna de la libre circulación del dólar, la quita de retenciones, la importación indiscriminada, el combate a la dignidad laboral y el ataque brutal al gasto social. El fracaso de esta sociedad líquida o flexible, disfrazada bajo el concepto pseudo serio de volatibilidad - más propio para estudiar ornitología que ciencias sociales y económicas - no puede esconder las decisiones tomadas vicariamente para reproducir las orientaciones de oficinas de la señora Lagarde, de los íncubos de Templeton o del Tesoro Norteamericano. Siempre el punto de partida supone concebir el mundo como volátil, incierto, acechando con su raíz amenazante de contingencias. La economía como política crítica supone decisiones que trabajen sobre el subsuelo volátil, no para conjurar esas incerterzas sino para dirigir su fuerza hacia la autocontención, la reflexión colectiva y el papel efectivo de las instituciones populares de control.
Para los aprendices de operaciones innobles del gobierno, la relación economía y política es simplemente la relación entre un monetarismo arcaico pero fútil en su pureza, y el ataque a lo que considerar ser "la mayor corrupción del siglo", practicada por los otros. En este sentido, la "economización" de la justicia va paralela a la "judicialización" de la economía y la política. Y de los grandes medios surge la recomendación al gobierno de que se asocie al "peronismo racional". A esto lo podemos llamar propiamente la politización de la "confianza". Haber inventado la macarrónica categoría de peronismo racional -faltaba agregar "kantiano", sí, "peronismo kantiano" o "peronismo newtoniano", consultar con Pichetto- supone una extraña derivación de la conversación sobre la confianza, esto es sobre la política, esto es, sobre un fracaso que será duro especialmente para quienes lo sufran en su vida cotidiana. Las cosas se entrecruzan de manera anómala, cuando no estúpida. El gobierno desplazó la vieja idea de plusvalía hacia las acciones de un poder judicial que persigue con tácticas de infamación y sustracción domiciliaria de reliquias y objetos de anticuario, como lo ocurrido en la casa de Cristina Kirchner. El hundimiento ético del país llega hasta tal punto, de que un gran dilema irresuelto es el de haber roto la relación entre economía y moral, como lo demuestra la idea de urgencia de designar a la política ("pérdida de confianza"), toda la responsabilidad del quiebre del gobierno como la quilla podrida de un barco.
¿Y porque decimos que se produce esa ruptura entre política, economía y moral? En primer lugar, porque se da por sentado que el ramillete ostentoso y archiconocido de medidas económicas neoliberales -que perciben a la población no como un organismo vivo sino como un dato, y a las instituciones públicas no como una representación social sino como una gerencia de recursos-, son producto de una forma natural de las cosas, no una acción y una creación histórica. Si ese modelo económico se presenta como parte de una naturaleza fija de la historia, puede atribuirse a sí misma una facultad de anexión o mimetismo con la política (un gerente de una multinacional puede ser ministro estatal de su mismo ramo de actividad) y las leyes del mercado pueden ser la ley de la justicia (un juez federal puede actuar como un empresario que decide sobre ofertas y demandas, es decir, sobre penalidades canjeables por delaciones). Todo esto es puesto por el cortejo de comentaristas oficiales del macrismo en las redes de comunicación centrales, ya sea como una sustitución la "crisis económica" por el "juicio por corrupción", ya sea como sustitución de la "crisis económica" por una "crisis de confianza". Estamos en plena acción de los agentes creadores de un lenguaje que actúe como velo de la imposibilidad de gobierno que tiene el gobierno, que es propietario tutelar de este plan económico, para rescatarse a sí mismo de este abismo moral e intelectual en que ha caído. Si tomásemos todos estos conceptos con mayor dedicación, la confianza debe surgir de las lecciones que deja el movimiento popular en la calle, la política debe surgir de una responsabilidad colectiva de los dirigentes críticos reflexionando sobre sus hábitos de actuación y la economía a ser considerada debe surgir de el análisis riguroso de las últimas décadas de pasión social y de juego vital de identidades. Tenemos confianza de que pueda ser así.


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