
lunes 20 de febrero de 2017
Informe Especial
En carnaval todos somos delincuentes
Esa mezcla insensata de impudor travestido, de noches de máscaras mentirosas y verdades dolorosas.
Por Osvaldo Santoro
De pronto asoma el recuerdo antiguo del carnaval y acude a mi memoria, perdido entre los pliegues del tiempo. Esa mezcla insensata de impudor travestido, de noches de máscaras mentirosas y verdades dolorosas. Excitación adolescente perdida en imágenes confusas, pavorosas. La oscuridad sin rostro, la alegría despintada, la fiesta exigida.
Creo en las analogías, en las semejanzas, quizás porque sea un componente a considerar en mi labor para la construcción de un personaje.
Por eso, cuando de la noche a la mañana un grupo de nosotros apareció señalado arbitrariamente, despóticamente, como delincuentes sin apelación, el desconcierto, la rabia y el dolor le ganaron de mano a la comprensión racional de una injusticia. Y la imagen del carnaval comenzó a navegar por mi cabeza.
El rito del carnaval todo lo ocupa, la gente se contagia y entra en un código en el que la verdad y la mentira transitan entre nosotros fundidas, licuadas, desfiguradas. Detrás de la máscara y desde la sombra aparece la voz que señala sin miramientos, y en el juego propuesto el pueblo confunde la ficción con la realidad. El mismo Napoleón, en Venecia, prohibió los festejos de carnaval por temor a que se generasen conspiraciones.
Y la conspiración se generó. Pepe Soriano, Jorge Marrale, Martín Seefeld, Pablo Echarri, Sebastián Santoro y quien suscribe estas líneas, fuimos acusados desde las sombras como defraudadores, malversadores y corruptos por el solo hecho de cuidar a la comunidad actoral, que circunstancialmente le asignaron por un tiempo su representación.
Nosotros también bajamos del escenario después de acordar con el público dos horas de entretenimiento o reflexión. Abandonamos ese espacio mágico para internarnos en la realidad diaria donde la ficción, salvo que lo acordemos, no tiene cabida. Y es allí donde el dolor y la angustia de la injusticia se hacen carne frente al espejo representado por los otros.Es en ese momento cuando la mentira artera obtiene su máximo resultado. En nuestras parejas, nuestros hijos, nuestros amigos que tratan de revelar lo inexplicable. Mientras, los días pasan y todo queda sujeto a que termine el carnaval. Como dice el tango aquél que sabiamente detalla "que el disfraz sólo dura una noche, pues lo queman los rayos del sol".
Y el sol finalmente apareció cuando la jueza que entendió sobre la causa dictaminó que en ningún momento hubo delito. Que los antes nombrados seguimos siendo probos, gente honesta, actores confiables por sus trayectorias y sus vidas personales.
Ahora solo falta, como en el ritual del carnaval, que el agua borre las manchas de nuestros cuerpos y aquellos que nos difamaron se saquen las máscaras que esconden sus verdaderos rostros, sus ocultas intenciones.

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