lunes, 9 de mayo de 2016

La pedagogía de la injusticia.


lunes 09 de mayo de 2016



La pedagogía de la injusticia.




Por     Felipe Pigna


El 7 de mayo se cumplirá un nuevo aniversario del nacimiento de Evita. Su infancia, la de Cholita, como la llamaban sus hermanas, no fue muy distinta de la de millones de chicos argentinos, atravesada por las privaciones y las ilusiones de salir de esa situación, de soñar con el imposible juguete o el viaje a la gran ciudad.

El Estado de entonces estaba muy lejos de ser benefactor, y para todos regían las leyes del mercado, con sus pocas ofertas y todas las demandas.

La pobreza en toda su dimensión será una marca indeleble para Evita. A ella nadie se la contó, aprendió muy a su pesar a convivir con las necesidades, a sobrevivirlas:

"Para ver la pobreza y la miseria no basta con asomarse y mirarla. La pobreza y la miseria no se dejan ver así tan fácilmente en toda la magnitud de su dolor porque aun en la más triste situación de necesidad el hombre y más todavía la mujer saben imaginárselas para disimular, un poco al menos, su propio espectáculo. [...] Allí donde cuando hay cama no suele haber colchones, o viceversa; o ¡donde simplemente hay una sola cama para todos...! ¡Y todos suelen ser siete u ocho o más personas: padres, hijos, abuelos...! ¡Cómo se ve que nunca han visto de cerca la pobreza! Yo también los he visto volver a casa con el hijo muerto entre los brazos para dejarlo allí sobre una mesa y salir luego a buscar un ataúd como antes buscaron médico y remedios: desesperadamente.

"Los ricos suelen decir: –No tienen sensibilidad, ¿no ve que ni siquiera lloran cuando se les muere un hijo?
"Y no se dan cuenta que tal vez ellos, los ricos, los que todo lo tienen, les han quitado a los pobres hasta el derecho de llorar".

Un velorio de película

El 8 de enero de 1926, Juan Duarte murió a los 67 años en un accidente automovilístico. Apenas se enteró del hecho a través de una llamada de un pariente cercano del muerto, Juana Ibarguren partió hacia Chivilcoy con sus cinco hijos en un auto de alquiler y se presentó en el velorio a darle el consabido último adiós.

Todas las miradas se clavaron en Juana y su prole. Las señoras y los señores "respetables" no podían creer lo que veían. "Cómo se atreve", era en aquella tórrida mañana de verano la frase menos original, que competía con "qué coraje" y "qué descaro".

Sin embargo, la familia "legítima" – y no, como se ha dicho erróneamente, su esposa, que había fallecido hacía cuatro años – no se opuso a tolerar la presencia de la familia de Los Toldos. Los testimonios coinciden en mencionar un pequeño episodio con una de las hijas, que fue superado; los otros Duarte y la pequeña Ibarguren pudieron besar a su padre antes de que cerraran el féretro y acompañaron el cortejo fúnebre. Esto le quita al episodio el carácter de fundamental y predestinante que le da, por ejemplo, la película Evita de Alan Parker protagonizada por Madonna, que quiere ver en el enojo de esa pequeña rebelde, que contra todos consigue irrumpir en la sala mortuoria para besar a su padre, un anticipo de la futura imparable Evita.

Según su hermana Erminda:

"Nuestra madre nos alzó, nos ayudó a besarlo mientras – ¿cómo adivinarlo entonces? – sellábamos silenciosamente un pacto de sólida unión en torno a ella, viendo cómo su dolor se transfigura ante la necesidad de sustituirlo a él y asumir desde ese mismo día todas las responsabilidades con un estoicismo que tenía un solo sentido: el de fortalecernos".

Erminda ratifica que no fueron las dificultades para despedir a su padre las que moldearon su carácter. Otras fueron las cosas que la fueron "predestinando":

"Y ahora descubro cómo muchas de sus cosas de niña anunciaban de alguna manera su destino. Desde chica le encantó leer poesías y asimismo tuvo predilección por la lectura de biografías de grandes personajes de la historia, sobre todo de mujeres famosas. ¡Qué significativo! ¿Podía intuir entonces que llegaría a ser una de ellas a entrar en la historia definitivamente?

"Nunca pedía nada, ya que en esa hermosa libertad entre árboles, hierbas y pájaros, lo tenía todo".

La ñata contra el vidrio

La muerte de su padre y la situación económica de su familia retrasaron su ingreso a la escuela primaria. En 1927, a los 8 años, fue inscripta en la escuela mixta urbana número 1, de la calle Mitre 182, en Los Toldos.

Obtuvo un diez en conducta que contradice la imagen de niña rebelde que irrumpe en el velorio de su padre. Sus notas bajas en lectura, escritura, aritmética, historia, hablan por sí mismas de las dificultades económicas, las desigualdades y las falencias a las que estaba sometida una niña pobre, huérfana e hija natural, en un pueblo bonaerense de esos años.

En segundo grado, su conducta continuaba impecable. Su rendimiento académico seguía siendo deficiente. Sin embargo, su interés por algunas disciplinas como canto y música y ejercicios físicos permitían anticipar su vocación.


Una de sus maestras decía:

"Recuerdo perfectamente a varios de sus compañeros, pero la figura de esta alumna, por momentos, se me desdibuja, posiblemente, porque no terminó su escuela primaria en el pueblo. Sin embargo, recuerdo nítidamente la expresión de sus ojos: igual a la que exhibió durante todo el resto de su vida. Era más bien callada y no tenía muchos amigos. Me parece recordar que las madres aconsejaban a sus hijos no acercarse mucho a ella y a sus hermanas".

Evita tuvo que entender pronto cuestiones que lleva su tiempo aprender. No iba a tener nunca una familia "legítima", un auto, las cosas que parecían normales y constitutivas de la felicidad en las familias que ella veía en el cine y escuchaba en los radioteatros.

Conoció la humillación, los zapatos apretados y rotos heredados de sus hermanas y la mirada para abajo que indefectiblemente lleva a mirar de reojo para arriba. Soportó en varias fiestas patrias la dádiva de las señoras de la "beneficencia" que le acariciaban la cabeza con cierta prevención mientras le donaban, a la vista de toda la escuela, un guardapolvo usado o el vestidito pasado de moda que alguna de sus hijas había desechado. Ahí empezó a odiarlas prolijamente.

"Desde que yo me acuerdo, cada injusticia me hace doler el alma como si se me clavase algo en ella. De cada edad guardo un recuerdo de alguna injusticia que me sublevó desgarrándome íntimamente. La limosna para mí fue siempre un placer de los ricos; el placer desalmado de excitar el deseo de los pobres sin dejarlo nunca satisfecho. Y para eso, para que la limosna fuera aún más miserable y más cruel, inventaron la beneficencia y así añadieron al placer perverso de la limosna el placer de divertirse alegremente con el pretexto del hambre de los pobres. La limosna y la beneficencia son, para mí, ostentación de riqueza y de poder para humillar a los humildes" 



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