lunes, 9 de mayo de 2016

La operación mediática y el fin de la reflexión crítica


lunes 09 de mayo de 2016



La operación mediática y el fin de la reflexión crítica





Por     Ricardo Forster

1   Sabrá disculpar el lector que inicie esta columna refiriéndome a una muy desagradable experiencia que me tuvo durante varios días como centro del bombardeo mediático, de esa impresionante capacidad de los grandes medios de comunicación de poner en funcionamiento una máquina de capturar frases sacadas de contexto para convertirlas en disparadoras de lo peor. Desde el jueves 28 de abril una frase pronunciada por mí la noche anterior se convirtió en tema recurrente, implacable y acompañado de las mil formas de la descalificación, la injuria y la mentira descargadas casi en cadena nacional, saltando de la tapa del diario Clarín a decenas de programas de televisión abierta y de cable pasando por radios y redes sociales. Lejos de la reflexión y la argumentación, simplemente se desencadenó una verborragia espectacular que, por supuesto, la abrumadora mayoría de quienes se dedicaron a multiplicar el fusilamiento mediático no se tomó la molestia siquiera de ver y escuchar el reportaje completo en el cual pronuncié esa supuesta frase maldita. El veredicto con su correspondiente culpabilidad ya había sido emitido a los cuatro vientos.

Todo comenzó con un reportaje que me hiciera Mauro Viale y su equipo en un canal de televisión. Fue una entrevista larga y respetuosa en la que no solo respondí distintas preguntas que se me formularon (el caso Lázaro Báez, la cuestión de la corrupción, la inflación, las políticas implementadas por el gobierno de Macri, el rol de los Estados Unidos, etc.), sino que intenté salir de la lógica de superficie y de banalización que suele dominar la mayoría de los programas periodísticos (quizás el ejemplo más acabado sea Intratables en el que todo se reduce a griterío, chicanas, frases vacías, información sesgada, maltrato a ciertos invitados, espectacularización de las noticias y carencia de toda posibilidad de argumentar), y traté de detenerme más reflexivamente en algunas cuestiones que considero importantes y decisivas para nuestra sociedad. Mientras iba desarrollando mi argumentación llevándola al problema del neoliberalismo y sus consecuencias desastrosas señalé que yo no estaba de acuerdo con aquellos que decían, sueltos de cuerpo, que "querían que a Macri le fuera bien". Porque ¿qué significa esa frase cuando se está completamente en desacuerdo con las políticas que se vienen implementando? ¿Qué significa que le vaya bien?

Ahí me detuve y aclaré lo que estaba diciendo: si al gobierno de Cambiemos le va bien, esto es, si logra que su proyecto neoliberal se consolide y diseñe el futuro de los argentinos, lo que sucedería (como ya está pasando desde el 10 de diciembre) constituiría otra tragedia social y económica como la que ya vivimos en la década del '90, cuando nuestro país se convirtió en la niña mimada de la experimentación neoliberal y acabamos con índices de desigualdad, pobreza e indigencia inimaginables en relación con nuestra historia. El "que le vaya bien a Macri", si es que analizamos el corazón de su proyecto político y económico, significa un inmenso retroceso para la mayoría de la sociedad mientras que unos pocos (los grandes bancos internacionales, las grandes empresas multinacionales, las grandes cerealeras, los grandes medios y los especuladores de distinta calaña) han sido y seguirán siendo los exclusivos beneficiarios de todas las decisiones tomadas desde que Macri y su gabinete de ceos llegaron al gobierno (devaluación seguida de quita de retenciones que supuso una inmensa transferencia de recursos a los grandes productores y acopiadores de granos –en particular de soja–, caída del salario real y del poder adquisitivo de los trabajadores acompañado por un proceso inflacionario que ha erosionado los bolsillos de las mayorías, apertura del tercer ciclo de endeudamiento a través del arreglo con los fondos buitre realizado por dos ex representantes del JP Morgan y del Deutsche Bank – Prat-Gay y Caputo  – que les dieron a esos bancos la "tarea" de llevar adelante toda la operatoria con ganancias fastuosas, apertura de las importaciones y ajuste brutal de las tarifas que llevarán al colapso de las pymes y al aumento exponencial de la desocupación, brutal política de despido contra decenas de miles de trabajadores del Estado convertidos, a los ojos de la opinión pública, en "ñoquis", abandono de una política regional y búsqueda de abrirse a tratados de libre comercio para convertirnos – como ha dicho Macri – en "el supermercado del mundo", anulación de la moratoria para los nuevos jubilados a partir de septiembre con lo que terminan con una de las iniciativas más inclusivas del gobierno anterior y amenazan al conjunto del sistema jubilatorio anunciando que la ANSeS iniciará la venta de las acciones de empresas que son parte de su patrimonio, golpe mortal a los pequeños comercios y a los ciudadanos comunes al aplicarse ajustes tarifarios nunca vistos con cifras del 600, 500, 300 y 100 por ciento en luz, gas, agua y transporte, desfinanciamiento de las universidades públicas, eliminación por decreto de la ley de servicios audiovisuales para regresar a la concentración monopólica… y la lista sigue). Ese era el sentido de la frase, un giro retórico apelando a la inteligencia del público y rompiendo una lógica de sentido común. Aclarado este punto quisiera detenerme brevemente en lo que sucede hoy con los medios de comunicación, en sus núcleos perversos que limitan y arrinconan la vida democrática.

 En estos días en los que una "última novedad" satura medios gráficos y audiovisuales, en los que ningún ciudadano puede sustraerse al sistemático bombardeo que recorre de cabo a rabo cada minuto de nuestra jornada y en la que la propia realidad con sus multiplicidades es desplazada por la monótona repetición de una noticia "espectacular", se vuelve imprescindible tomar un poco de distancia crítica y reflexionar sobre lo que significan los dispositivos massmediáticos penetrando en su intimidad y en la lógica de los intereses que, sin decirlo, suelen defender. Se trata, si queremos continuar viviendo en una sociedad democrática, de auscultar prácticas y estrategias que surgen de intencionalidades que suelen permanecer en una zona opaca mientras se muestran, a los ojos de la "opinión pública", como portadoras de una ética de la neutralidad y la objetividad.

Pensar los medios de comunicación es deshacer ese mecanismo de autocomplacencia y de impunidad allí donde todo es criticable por parte del lenguaje periodístico que, a su vez, se coloca en el lugar de una pureza que no puede ser cuestionada. Ya en la lejanía de principios del siglo pasado, cuando Europa se preparaba con insospechada euforia para ir hacia una guerra que dejó un saldo de millones de muertos, el crítico vienés Karl Kraus dejó constancia de la inmensa responsabilidad de los grandes medios de comunicación de la época en el aceleramiento de los sentimientos nacionalistas y belicistas que hicieron posible el desencadenamiento de la conflagración. De ahí que resulte necesario también abrir la caja de Pandora del universo comunicacional como un modo de amplificar y mejorar la propia libertad de expresión.

La espectacularización de la vida cotidiana es uno de los núcleos centrales de un pronunciado giro de la historia que, si bien no es novedoso ni propio de nuestra época, ha alcanzado dimensiones globales y decisivas allí donde nada parece poder escapar a su fuerza tentacular. "La vida entera de las sociedades en las que imperan las condiciones de producción modernas – escribía anticipatoriamente el crítico francés Guy Debord en los ya lejanos años '60 – se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo directamente experimentado se ha convertido en una representación". Todavía más atrás en el tiempo, en las últimas décadas del siglo XIX, Friedrich Nietzsche desplegaba una aguda reflexión filosófica a partir de la cual se irían desmoronando los modos tradicionales de comprender y de conocer la realidad abriendo, a partir de su escritura destemplada, la entrada en lo que se ha denominado la época de la estetización del mundo, época cada vez más dominada y atravesada por los lenguajes de la pura forma, esos que irían colonizando desde la dimensión estética cada rincón de la vida absorbiendo en su despliegue lo que antes era considerado prioritario y relevante: el contenido.

Entre la espectacularidad y la estetización se fue delineando una nueva manera de producción tanto económica como, fundamentalmente, social y cultural. Los lenguajes de las vanguardias estéticas de las primeras décadas del siglo XX, luego apropiados por los publicistas y por los nuevos dispositivos massmediáticos, irían hacia una revolucionaria reconfiguración de la experiencia humana. La ilusión, la artificialidad, la virtualidad, el montaje, el impacto, la multiplicación de las formas bellas se entrelazaron para interferir de un modo absolutamente inédito el anterior vínculo entre los individuos y la realidad. Nada, absolutamente nada, quedó intocado a partir de esta irrupción de los nuevos dispositivos que entrelazan las innovaciones tecnológicas con los lenguajes audiovisuales.

Pensar la sociedad contemporánea es reflexionar alrededor de estos despliegues telemáticos, de esta horadación de lo real por universos ficcionales que le dan otros sentidos a aquello que va quedando fuera de la percepción; es intentar comprender de qué modo el sistema capitalista va encontrando sus estrategias de reproducción y multiplicación y es, por lo tanto, la puesta en evidencia del esencial entramado que se ha desarrollado entre la lógica dominante del capitalismo neoliberal y los lenguajes que emergiendo del dispositivo massmediático les dan su impronta a las actuales configuraciones sociales.

La sociedad del espectáculo, aquella de la que nos hablaba Guy Debord, no puede ser comprendida sin el papel relevante de los medios de comunicación y sin desentrañar las consecuencias que las nuevas formas de construcción de la subjetividad han ido adquiriendo; pero tampoco puede comprenderse escindida de la producción de mercancías y de su influencia radical sobre todos los asuntos humanos. "El espectáculo –escribe Debord– no es un conjunto de imágenes sino una relación social entre las personas mediatizadas por las imágenes". Esto quiere decir que los vínculos intersubjetivos, los intercambios entre las personas y la trama misma de aquello que nombramos como "la realidad" se instituyen en ese lenguaje de la mediación que proponen los dispositivos telecomunicacionales. El espectáculo no es, entonces, una decoración, un añadido que viene a acompañar el decurso natural de las cosas; es, por el contrario, la cosa misma bajo las condiciones de una lógica de la representación que desplaza a la cosa por su narración. Los individuos se relacionan entre sí a través de esa mediación universal cuyo punto central de localización es la industria del espectáculo, de la comunicación y de la información. Por esas cosas me tocó ser el centro de esa máquina de capturar palabras que convierte en espectáculo malsano lo que debería ser motivo de debate e intercambio respetuoso de ideas. Esa, estimado lector, es la característica de los medios concentrados de comunicación que hoy son la fuerza hegemónica de la restauración neoliberal en la Argentina, no buscan ampliar la libertad, su objetivo es destruir y silenciar las voces disidentes. El gobierno de Macri es su mejor aliado.









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