lunes, 5 de septiembre de 2016

Dream Team


lunes 05 de setiembre de 2016




Dream Team



Por       Ernesto Tenembaum
Detalles menores. El kirchnerismo y su capacidad de autodaño



















Por momentos, parecía un chiste de mal gusto. "Nosotros llenamos las plazas y ellos no", dijo Hebe de Bonafini, muy pegada a Máximo Kirchner frente a una plaza de Mayo... ¡completamente vacía!. Apenas un puñado de incondicionales había acudido al cierre de la Marcha de la Resistencia, que había sido convocada bajo la consigna "Cristina Conducción". La verdad es que muy difícil hallar, en la historia de la democracia, un manifestación en la que contrasten, de manera tan impresionante, las enormes expectativas previas con los diminutos resultados concretos. Tal vez por eso, Bonafini insistió con que los convocantes habían llenado la plaza.

¿Por qué fracasaron de manera tan estruendosa, evidente, indisimulable?

El análisis político carece de herramientas categóricas para arribar a conclusiones definitivas sobre casi nada. Pero hay elementos que, por lo menos, permiten acercarse a algunas respuestas.

En principio, hay un evidente componente económico. Hasta el 9 de diciembre del año pasado, el kirchnerismo contaba con recursos infinitos que hoy ya no posee. Entonces, organizar una manifestación era más sencillo. Se contaba con medios de transporte, apoyo de estados municipales, provinciales, sindicatos que movilizaban. Esto no quiere decir, necesariamente, que la gente fuera obligada. Pero quien quisiera asistir podía hacerlo muy fácilmente: había un sinnúmero de facilitadores. Además, desde algunas dependencias estatales se estimulaba la participación, de manera que hasta era raro no ir donde todos iban.

Eso ya no existe.

En segundo lugar, el kirchnerismo es dependiente de Cristina. Si algo le pasara a su líder —una depresión, la decisión de abandonar la política, un problema serio de salud— perdería al único llamador que tiene. Esto quiere decir que carece de líderes territoriales, salvo una media docena de intendentes en todo el país, de gobernadores, de referentes sindicales, o inclusive  líderes sociales que, al estilo de Juan Carr o Manuel Lozano, puedan hablarle a alguien que no pertenezca al gueto. Los principales dirigentes fueron rechazados en la última elección. Así de mal como le fue a Daniel Scioli, este obtuvo más votos que Anibal Fernandez en la provincia de Buenos Aires, que Sabatella en Morón, que Kicillof en la Capital o que Máximo en Santa Cruz. Aun entre la gente que votaba al motonauta, había muchos que cortaban boleta en contra de los diputados o referentes del kirchnerismo duro que los acompañaban.

En tercer lugar, hay un cruce de percepciones muy raras entre lo que se valora hacia adentro del kirchnerismo y lo que, tal vez, vea el resto de la sociedad. Solo algunos ejemplos sirven para entenderlo. Es posible que para muchos militantes Hebe de Bonafini sea una heroína. Y es indiscutible que lo fue, hace treinta y cinco años. Desde entonces, se ha convertido en una mujer sectaria, muy agresiva con quien piensa diferente a ella, aun cuando se trate de una militante que haya resistido la dictadura, que pregona la necesidad de la caída del Gobierno sin ninguna vergüenza, que se abrazó con un militar represor hace muy poco y que estuvo involucrada en un hecho grave de corrupción, que ocurrió en la Fundación que ella presidía. En favor de Bonafini, se podría decir que, en comparación con sus actuales compañeros de ruta, tiene, por lo menos, un pasado heroico ¿Qué cree la conducción kirchnerista que la sociedad, mayoritariamente, opina de personajes como Guillermo Moreno, Amado Boudou o Fernando Esteche? Fue muy agudo Marcelo Tinelli cuando, al presentar la imitación del acto, los definió como un "dream team".

Pero además de todo eso hay otro problema, tal vez el más serio. Todos los indicadores económicos y todos los sondeos de opinión coinciden en que la sociedad no la está pasando bien en estos meses. Los motivos, como siempre, son opinados. Cada argentino debe hacer su propia evaluación acerca de cuánto de los dolores actuales se deben a la pesada herencia y cuánto de ellos fueron originados por la ceguera ideológica macrista. En todo este debate, el elenco de la Plaza de Mayo defiende una posición extrema, según la cual la Argentina vivía en un paraíso hasta el 10 de diciembre y desde entonces, por la llegada de un grupo de hombres malvados y neoliberales, se perdió todo lo que se había logrado. En ese discurso, se sostiene que hasta el cambio de Gobierno no había corrupción, no había pobreza, no había desocupados, no había un serio problema de desabastecimiento energético, ni tampoco inflación o patotas, barras bravas, escraches a quienes pensaban distinto. Todas esas palabras, que estaban prohibidas incluso en los medios oficialistas, brotan ahora como borbotones, en los discursos incendiarios de los referentes de la plaza de la Resistencia, pero referidos solo a la actualidad.

Tienen todo el derecho del mundo de decir lo que les parezca, pero es posible que muchísima gente, sobre todo dentro del peronismo, los mire como extrañados. Boudou, Esteche, Moreno, Bonafini, Máximo vivían en un paraíso hasta el año pasado. Pero el resto de sus compatriotas, al parecer, no. Y es como si ellos no lo registraran.

Lo más llamativo de todo, luego de la plaza del último fin de semana, es la capacidad intacta de la conducción kirchnerista para hacerse daño. Desde aquella victoria de 2011, Cristina perdió una y otra vez. No logró controlar la inflación, ni evitar la fuga y derrota con Sergio Massa, ni aplicar la ley de Medios, ni destituir a jueces y fiscales enemigos como Carlos Fayt, Claudio Bonadío o José María Campagnoli, ni imponer la reforma judicial. Finalmente, perdió en las elecciones de la provincia de Buenos Aires y en las nacionales contra dos porteños casi sin partido. Fue desairada por Hugo Moyano, por Florencio Randazzo y, finalmente, hasta por los incondicionales del Movimiento Evita y todos los gobernadores del país. Armó una estructura legislativa para condicionar a su sucesor, que no resistió el primer soplido, y mucho menos el primer fajo de billetes. Hoy solo le queda su relación personal con un sector del pueblo. Pero parece muy limitada su capacidad para trasladar esa intensidad hacia una construcción política.

Algo de todo eso quedó plasmado, como nunca, en el fracaso del último fin de semana.

Salvo que la culpa la haya tenido la lluvia.

Si es así, sería más preocupante. Cuando una lluvia barre a los resistentes, mejor no preguntarse qué pasaría si, realmente, existiera una dictadura. 





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